Ante el dolor de los demás

sontagEl dolor al alcance de la mano o desterrado para siempre, dependiendo de la distancia que tomemos. Los medios de comunicación permiten una trivialización total de la percepción emocional, ubicándonos en medio de una selección de atrocidades de las que podemos no sentirnos partícipes con sólo posicionarnos del lado de los que no son cómplices. Esa tranquilidad moral y el metralleante ritmo de las secuencias favorece que el espectador pase a ser voyeurista de la desgracia global, satisfaciendo sus más repudiables instintos. La fotografía cumple una función de congelación objetivada de esa realidad poco o nada respetuosa con la ecología de la imagen que propone la autora, donde se elimina la narratividad de un nivel de interpretación. Así estamos a merced de las tecnologías de retoque digitalizado, las composiciones efectistas sin que el receptor pueda separar con claridad la linde de los usos y significados que se otorgan a las imágenes antes de lanzarlas a la sociedad espectacular. Virginia Wolf, Ernst Friedrich, Platón, Burke, Baudelaire o Leonardo, permiten revisar la evolución de la barbarie con nombres como My Lai, Phnom Penh, Balaclava, Buchenwald, Kabul, Gettysburgh, Mostar, Grozny, Ruanda o el Manhattan caótico de 2001. Todo depende de la intencionalidad del ejecutante, preocupado por retratar la ferocidad y el patetismo en grado extremo o diluida ante la terribilitá de lo que capta el ojo. Rostros desfigurados que acusan dejan de apuntar directamente a las conciencias en cuanto su número tiende a infinito y se les da carta de naturaleza levantando moles museísticas, monumentos al alivio. Un llamamiento a la responsabilidad de un colectivo adaptado al medio hostil, en el que la presencia virtual juega un doble papel catártico y paralizante.

Susan Sontag. Santillana. Madrid, 2004. 144 páginas