Paisajes y gentes valerosas, pendientes de explorar

Naturaleza y humanidad para viajeros desacomplejados

Cuando uno viaja a Bosnia-Herzegovina lo más frecuente es que al reconocerle como paisano de la tierra de los toros digan aquello de “España, bueno” y añadan a renglón seguido alguna mención a un equipo de fútbol de prestigio. El buen hacer de nuestras tropas en este territorio asolado por la guerra de los Balcanes – pensemos en el Stari Most de la ciudad de Mostar- ha dejado un recuerdo grato en estas gentes sencillas, amables y que chapurrearán en castellano para hacer entender por usted al que consideran un apoyo en momentos que fueron difíciles. Pero no sería justo seguir hablando de la realidad bosnia en términos de reconstrucción bélica, porque, si bien las huellas de la devastación son todavía palpables en múltiples edificios heridos aún de metralleta y disparos, su sufrimiento bien merece una oportunidad. Una vez atravesadas localidades como Bihac, a la que conocimos en los telediarios como aquel enclave musulmán siempre a la gresca, descubrimos que esta ciudad cuenta con uno de los ríos de aguas más claras de la región, el Una, podemos hacer escala en Jajce. Puede que ya sepa de sus existencia, porque su paisaje lo adornan unas imponentes cataratas de 21 metros de altura en la confluencia de los ríos Pliva y Urbas, además de la fortificación que las rodea o porque le hayan contado que a medio camino de la mezquita Dizdar se conservan las catacumbas en las que se refugió Tito con los camaradas del Consejo Antifascista de Liberación Nacional, con una escenografía cuanto menos curiosa, ya que el mariscal de la Yugoslavia unida vino a alojarse en una cripta del siglo XIV perteneciente a la estirpe del conde de Jajce, Hrvoje Vukcic Hrvatinic y sin nada que ver con los bogumilos, por mucho que algunas guías persistan en el error.

Abandonando la ciudad encontramos sin duda una de las localidades donde más brazos le echarán al cuello, o por lo menos sonrisas, en cuanto sepan que es español. Se trata de Mostar, archiconocida por ese puente de piedra, metáfora en su momento de las infraestructuras como símbolo de la rota unidad entre católicos croatas y musulmanes bosnios, reconstruido por las tropas españolas destacadas en los Balcanes. Dicen los lugareños que, aunque cumple su función, nunca será tan hermoso como el originario, vano remedo de la luna en cuarto menguante y por el que las aguas “lloraron lágrimas de sangre” –efecto sin duda de la bauxita de los morteros-. Y una vez subida la abrupta pendiente de la flecha máxima del arco, deambule por el mercado tradicional con sus casas medievales de piedra y comprobará la amabilidad de sus gentes. Si está en racha quizá disfrute del espectáculo de los nadadores que se lanzan desde lo alto del puente, a 20 metros de altura sobre el Neretva como pago a su virilidad, y que le ayudará a entender por qué el Stari Most es Patrimonio de la Humanidad. No busquen, por cierto la sinagoga, porque sólo hallarán un solar con un cartel indicativo de su antigua ubicación. Eso sí, pregunten por la casa otomana, Muslibegovic House, que mantienen intacto el gusto por el sosiego de sus moradores con esos miradores sobre la montaña y donde la propietaria les agasajará con un té de rosas artesano que podrá paladear mientras ella departe con otras lugareñas. Antes de partir del país del poeta Mehmedalija “Mak” Dizdar hay que detenerse en Sarajevo que, como Mostar conserva en sus edificios las dentelladas de las deflagraciones y las balas. Con suerte, en un día soleado la ciudad que atraviesa el río Miljiacka y guarnecida de montañas, le brindará la calidez de sus calles, en las que le invitamos a perderse para toparse con regalos como la iglesia ortodoxa que resistió la ferocidad de la contienda y en la que se conservan los exvotos y alguna bandera serbia de los que se quedaron. Entre sus puentes, no deje de ver el Latinska Ćuprija, testigo del asesinato de ese archiduque que ahora nos suena pop, y antes a conflicto mundial, ni de acercarse al Baščaršija, una suerte de bazar turco, donde hallará piezas de orfebrería, artesanía en cuero y una mezcla de sabrosos olores. Si llegara el caso puede saciar la gazuza en el Morica Han, un patio del siglo XVI, antaño muladar para descanso de las caravanas de mercaderes, hoy café y restaurante que reúne a conversadores y hambrientos, en torno a las típicas especialidades locales con nombres de difícil manejo al pronunciarlas como aščinicas, buregdžiničas, y ćevapdžinicas. ¡No se preocupe, si el menú no lleva fotos, déjese sorprender y mientras espera la comanda, dese un paseo de la tienda de alfombras que alberga el recinto! A la salida, seguro que se topa con la fuente de Sebilj, que inmediatamente asociará a la capital hispalense, con estilo morisco, fruto de los afanes historicistas del XIX. Sólo tres apuntes, pero intuimos que suficientes para abrir bocado en un país de inviernos rigurosos y veranos tibios, donde, eso sí, no busque la costa, porque se la quedaron prácticamente toda los croatas.

(Publicado en ACTIVA)

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