Capitalismo: una historia de amor

¡Qué gustazo sentarse en la butaca a oír “La Internacional”!

Después de la polémica aquella de si Bibiana y Leire levantaban correctamente el puño o no, qué Internacional cantaban, por qué Zapatero no alzaba el brazo y otras manipulaciones fotográficas de medios de comunicación aparte, Michael Moore se ha propuesto que se atragante más de uno y cada cierto tiempo lo va consiguiendo, ofreciendo al espectador de sus documentales frases fáciles de recordar como “El capitalismo es un mal y el mal no se puede regular”, que, a modo de mantra uno puede ir reflexionando en el transporte público de camino a casa hasta caer en la obviedad de que algo hay que hacer. El controvertido director de “Bowling for Columbine”, le tiene bien cogidas las solapas a los empresarios de esa gran América que oculta con su nombre la realidad de toda esa hispanidad. El simpático cineasta tiene un modus operandi de lo más sencillo: se planta con su cámara y algún gadget delante de las puertas de los mandamases para hacer su reivindicación. En unos casos el objetivo es la permisiva actitud hacia la violencia en EEUU que se ha cobrado más de una víctima en los institutos estadounidenses, en otros, la sangría que el sistema sanitario significa para las familias del Imperio para las que es mejor no padecer ninguna dolencia grave. Finalmente, Michael Moore llamó a la puerta de la mismísima Casa Blanca voceando las preguntas en la mente de todos a la gestión del 11-S. Pero esta vez busca dinamitar directamente los cimientos del libre mercado y si en esas estamos nada mejor que  cerrar con “La Internacional” para acabar coreando a placer como dicen los comentaristas deportivos.

Perdonamos por supuesto la debida concesión que hace el director de “Capitalismo: Una historia de amor” con una de las últimas alocuciones al país, en un claro argumento de autoridad, de uno de los indiscutidos presidentes de la patria, Franklin Delano Roosevelt.

La mitología de la libertad a costa del interés del mercado queda en entredicho en este recorrido que da inicio en Flint, la localidad natal del director, un punto de partida más metafórico que la Ilión destruida de Ulises camino a Ítaca, ya que es desde allí, desde donde se envían las cartas de desahucio a las familias. Igual de sugestivo es el nombre de la empresa donde 250 trabajadores son despedidos alegando las pérdidas ocasionadas por la crisis o el lucro cesante según te lo vendan, en realidad, causadas por las arriesgadas apuestas financieras de los de siempre. Estos obreros “republicanos” de Chicago, fabricantes de ventanas, encuentran la única bocanada de aire fresco en la unión de todos para reclamar una indemnización justa, es decir, el sindicalismo que la enfermedad del capitalismo procura erradicar antes de intoxicar el resto del organismo social.

Capitalismo recuerda cómo la gran industria estadounidense buscó al mejor promotor de ventas, un actor de cuarta fila, Ronald Reagan, para acabar con la regulación y maximizar el beneficio de ese 1% que acapara la riqueza

Michael Moore ironiza la historia de un país engrandecido gracias a la sangre de la esclavitud y a una política expansionista  -¿no es lo mismo?- que habitualmente acalla las miserias internas de unos pocos, cada vez más según los datos que proporciona este inusual documental y donde la asistencia médica, la vivienda o el coste de los estudios universitarios son la evidencia de esa inequidad. Este enamoramiento tan caro para los contribuyentes lleva a Moore hasta el epicentro del crimen, Wall Street, adonde se marcha ni corto ni perezoso para acordonar la zona y de paso consultar qué son esos derivados tóxicos que han dejado en la calle a tantas familias y ha desmantelado la industria nacional. Para la reflexión quedan esas intervenciones de congresistas que nunca habríamos conocido en España de no haber sido por este “Capitalismo”, que demuestra que las voces no son monócromas en el aparente espectro bicolor de la política estadounidense y el epílogo, con esa versión de crooner de la “Internacional” que ya tarareara con otro estilo en “Abajo el telón” Bill Murray.

Pero que nadie crea que tienen que venir de fuera para explicarnos que el sistema está en vías de extinción…

Ni siquiera a cantárnoslo… Y si no, escuchen a Quico Pi de la Serra en esta versión que pude oír en el Círculo Blanquerna de Madrid, para que luego digan que los catalanes nunca nos dan nada.

(Publicado en Revista ACTIVA)

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