El encuentro de Descartes con Pascal joven

De cómo la genialidad también puede caer en el fanatismo

Alicia González

 Es noche cerrada, Descartes ya es un hombre maduro y traspasado por un fino escepticismo al que el vehemente Pascal viene a rendir pleitesía en el Convento de los Mínimos. Supuestamente es la visita del alumno aventajado al maestro que Descartes quiere poner en términos de igualdad, prueba mayor de lo sutil de su inteligencia. La verdad es otra…, los papeles parecen estar intercambiados y en lugar de ser el filósofo quien represente el conservador estatismo que deviene con los años es el matemático quien en la terquedad de su desatada juventud se muestra menos dado a las innovaciones ideológicas. Pensadores ambos, pero separados por la distancia de la experiencia que le confiere a uno el peso específico de su cartesianismo y al otro la virulencia que no consigue sofocar el creador de la eficiente aritmética de su Pascalina.

 Flotats se ha aficionado a los combates cuerpo a cuerpo, ésta vez con Albert Triola, y después de lograr ese duelo Fouché-Talleyrand con la complicidad de Carmelo Gómez, repite libretista para poner en escena otro de los sugestivos encuentros del dramaturgo Jean-Claude Brisville, “El encuentro de Descartes con Pascal joven”. No hay trampantojos escenográficos, ni siquiera el acompañamiento musical que podría ilustrar los sonidos de ese paso a dos del 24 de septiembre de 1647, tan sólo dos actores debatiendo sobre la oportunidad de terciar o no en una contienda a la que el inventor se entrega con fervor, mientras Descartes no se siente impelido a ella en absoluto.

Asistimos al diálogo de dos mentes, dos modos de entender la realidad que darán mucho que pensar al espectador

El autor del axioma “pienso, luego existo” está ya de vuelta de todo y se prepara para el amparo que le ofrece la reina Cristina de Suecia, sin caer en la trampa de la admiración sin cortapisas del joven. Pascal por su parte exhibe ante el filósofo la fragilidad del converso en una religiosidad paralizante, procurando por todos los medios atraerlo a la causa de los delatores de impíos. Toda una crónica histórica si el texto de Brisville no cobrara plena actualidad ante los acontecimientos que diariamente nos enfrentan a esos mismos dualismos. Es de destacar la sobriedad indumentaria de los dos actores sobre las tablas que Flotats se permite aderezar aportando su personal afrancesamiento a la voz del personaje, redondeando una interpretación a la que, por lógica, no alcanza Triola, demasiado expeditivo en su apasionamiento quizá al comienzo de la representación y subiendo progresivamente su nivel de concentración a medida que avanzamos por un texto que se transforma en el método del discurso, en burlón parafraseo del manual cartesiano.  

(Publicado en ACTIVA)