Maigret

MaigretUna visita en mitad de la noche despierta a un Maigret retirado de las turbiedades del mundo parisino. Su sobrino, un inspector apocado al que más le hubiera valido no salir de la provincia se ha metido en un lío del que sólo su tío podrá sacarle. Una vez más en las novelas de Simenon lo que importa no es el final, que intuimos e incluso nos revela desvergonzado casi al principio de la novela, sino el tránsito por las calles donde los “adoquines desfilan bajo las suelas” del ex-comisario. Nuevamente Jules Maigret está en la calle, pero con sus sentidos abotargados por su reclusión en el Loira de la que viene a sacarle Philippe, acusado del asesinato de Pepito Palestrino. Cadáveres bajo la luz mortecina de una bombilla, el comisario de grandes mostachos y escasa confianza en la técnica del jubilado Maigret, pero sobre todo, la fauna de las calles de Pigalle: el mohoso “Notario” Cageot, la enamoradiza Fernande, Eugène el gigoló y rufianes de poca monta como Louis, Audiat o Colin, sin olvidarnos de Mme. Lauer y de esas nubes de inspectores y policías hostiles, excepto el fiel Lucas, claro. El anárquico método de Maigret resolverá “una historia tan estúpida que da grima”, en medio de las ganas de tirar la toalla y la abulia de Quai des Orfevres, con un ingenioso truco y su tabaco apelmazado por el nerviosismo. Es lo que tiene el mezclar los asuntos de familia con el trabajo.
Georges Simenon. Tusquets. Barcelona, 2004. 170 páginas