El lienzo

La maquinaria de adquisición de obras de arte en el mercado internacional es un modo de satisfacción de inversionistas, carentes de toda emoción estética. A Ernesto Zúñiga no le queda ya tiempo para aventuras, pero quiere dedicar su talento a reparar un imperdonable defecto que sólo un niño podría captar en un lienzo. Juan, su hijo, y sobre todo su nuera, Elena, abominan del disparate del bohemio pintor de la camisa de cuadros, convencido de que si sólo es dinero lo que compra la virtud, igual moneda puede emplearse para restaurarla. El fracasado hijo del autor de “Gris ceniza” debe elegir entre un cuadro o su padre, tal vez porque el hombre borracho de trementina y texturas ya escogió, colgando el dibujo del hijo en su privada sala de exposiciones, donde reina la emoción, como en la gran pintura. La fuerza de la verdad será la que finalmente se imponga entre estos dos personajes sin conversaciones, dentro de ese taller acristalado que juega el papel de pequeño vivero de recuerdos, con la presencia permanente de la madre, puente de silencios. 

Los de Pajares son personajes reflexivos, al borde de caer desde sí mismos, observando la vida desde la mesa del café, en esa retorcida trama de ladrones que suplantan a los verdaderos estafadores del arte, aquellos que admiran tan sólo la valoración del experto y pasean ante la belleza con el cruel descuido del lector de catálogos donde hay que tachar un nombre más. Mientras, nos quedamos inquietos por esos pintores que, desconociendo las técnicas de alumbrar cuadros, los entierran en su cabeza, sin que nada podamos hacer para impedir esa muerte silenciosa. A Juan no le resta más que hallar sus caminos desde esa muerte creativa, lacerado por la marca del padre como aquel cuadro, herido por su huella.

El lienzo. Santiago Pajares. Umbriel. Barcelona. 2009. 190 páginas.

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