Atreverse a ser el primero

Yacimientos, fortalezas y monumentos casi privados

Dentro de poco quizá sean socios comunitarios. Para eso tendrán que andar un largo trecho, algo más dificultoso para los albaneses, pacientes sufridores de una escarpada orografía que, por otra parte, ha sido siempre su mejor escudo defensivo, por delante de los bunkers de Hoxha. Tanto es así que si visita en verano el país de Skanderberg, efigie de un libertador balcánico, semejante al Bolívar latinoamericano, le chocará ver parejas de novios montadas en descapotables en medio de un estruendo de cláxones. La causa como le explicará cualquier amable oriundo hay que buscarla de nuevo en la falta de infraestructuras viarias, por las que las numerosas familias de los contrayentes prefieren no aventurarse en pleno invierno, por si la celebración termina siendo luctuosa.
Salvado el inconveniente de las carreteras pobladas de innumerables gasolineras con un emblema amarillo y el nombre de Kastrati -¡pregunte por curiosidad que ya verá!-, plantéese su viaje como una expedición a un
lugar prácticamente ignoto para los turistas españoles, porque alemanes, griegos e italianos los encontrará a pares, sobre todo si se deja caer por la Riviera albanesa: Dürres, Himara, Dhermi, Vlora y toda una serie de
ciudades costeras con calas en ocasiones intransitadas, sólo salpicadas por algún “champiñón hormigonado” de los años de la guerra fría que da otro sabor a eso de remojarse en bañador las canillas. Cerca de Saranda le
tocará investigar la ruta del Ojo azul, “Siri y Kälter”; vale la pena el sentimiento de pérdida por la escasa señalización del camino, pues al llegar no podrá dejar de mirar el efecto óptico que la composición del agua y
las rocas del fondo provocan y da nombre a este remanso del río.
Más allá de lo acuático Albania dispone de toda una variedad de panoramas rocosos por los que anduviera Lord Byron, venido a estos lares para apoyar al sultán de Tepelene. Uno de los recintos que acogió su visita dicen que fue la fortaleza veneciana que se conserva en la ciudad de Butrint, patrimonio de la UNESCO y a la que se accede con Corfú en el horizonte. Y entenderán por qué en cuanto se internen por sus sendas boscosas, se maravillen desde las gradas del teatro o agachen la cabeza para atravesar la puerta del león, pues en Butrinto uno se siente explorador de rincones, casi un arqueólogo en el momento de deslindar la maleza y asomarse al baptisterio o sentarse en el mirador a esperar el vuelo de las aves en esta reserva de la biosfera. Si
no se queda ahíto de yacimientos grecolatinos, en Fieri puede caminar también por Apollonia para imaginarse a Cicerón haciendo lo propio y disfrutar de las esculturas al aire libre junto a la parte bizantina del museo.
Otro de los viajes necesarios en la tierra de Kadaré es justamente
a su ciudad natal, Gjirokaster, donde más allá de los estrambóticos
recordatorios del telón de acero en la fortaleza que domina el paisaje
–pues en ella conservan los restos de un caza estadounidense abatido
por las Fuerzas Aéreas albanesas-, tiene mucho que fotografiar. ¡Busque un buen ángulo y retrate la Casa Otomana que parece anticipar la “Crónica de piedra” del escritor con ese empedrado rampante tan característico! Cuando se canse de complacerse en el sibaritismo turco, puede ir al hotel de la plaza que corona la ascensión a la ciudad y divisar desde allí los impresionantes paisajes mientras degusta unas deliciosas “qifqi”, bolitas con más arroz que carne especiadas.
Similar a Argirokastra es Berati, llamada la ciudad de las mil ventanas, cuya fisonomía recuerda por momentos a las casas colgadas de Cuenca,  distribuidas a uno y otro lado del río. En el regreso al norte no debe dejar de hacer un alto en Kruja que alberga un monumento a la egolatría y al patriotismo mal entendido, con el castillo en el que viven en simbiosis verdaderos restos históricos del héroe nacional con adefesios kistch de
grandes proporciones. Ni en Shkoder, con otro recinto militar, el de Rozafa –nombre árabe y vestigio de la fiereza iliria que cantara Tito Livio-, al que subir si las fuerzas se lo permiten y con la mezquita de Al Zamil, uno de los pocos edificios de arquitectura religiosa preservados tras la revolución iconoclasta de la época comunista. Si le da tiempo y la localiza, pásese por el museo que aloja la colección fotográfica Marubi y conocerá un poco más de la etnografía albanesa con esos aldeanos en blanco y negro, que dicen tanto de las vidas de esta gente como esas estelas partisanas que siembran las carreteras.
Tirana le resultará fácil de visitar, pero piense que además del mosaico con la “Marianne” de los Balcanes y el Dëshmoret e Kombit bulevar desde el que podrá callejear hasta la mequita de Etehem Bey, debe estrujar las horas para reposar en los baños termales de Bilaj, echar un viajecito al palacio del rey Zog en Dürres y subirse al teleférico para concluir esta ruta hasta el monte Dajti. ¡No se asuste si se cruza con caballos salvajes o casas de campo de antiguos gerifaltes del régimen provistas de búnker y relájese delante de unas humeantes Qofte të fërguara o un sabroso Fërgesë!

Uno de los recintos que acogió a lord Byron dicen que fue la
fortaleza veneciana que se conserva en la ciudad de Butrint,
patrimonio de la UNESCO y a la que se accede con Corfú en el
horizonte.

Algunos enlaces útiles:

(Publicado en ACTIVA)

Albantravel

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