Y de repente fue ayer

 Y DE REPENTE FUE AYER“’La huella del amor’, la telenovela cubana que la Revolución no puede tocar” es el corolario de esa fe ilimitada de Alambre o Efraín Rotundo, como prefieran en Óvalo, un superviviente. Escapan de los desastres naturales, pero también de los dameros malditos que configuran para ellos los guardianes de Limpio Chiquito, un horror prostibulario de niñas restregándose contra hortalizas en los años de la dictadura de Batista. La situación no mejora con las nuevas actividades culturales de los guerrilleros con sus sueños igualitarios y el único que lo percibe es este chico feucho, el contador de historias salvado del huracán, quizá porque aprendió a leer luego de la ceguera en ese código de mosaicos creado para él por el apolíneo pupilo del Comandante o porque como él le recuerda al hombre sin cabeza que no se deja rescatar, “la telenovela y la revolución nunca pueden ir juntas”. Las ficciones inauditas de una y otra no tienen intersecciones, aunque Efraín llevará a las ondas historias de éxito con Mamá Dolores, evasión  en mayúsculas para los hastiados de la dosis brechtiana, olfateando un camino de baldosas amarillas que a veces finalizan al borde de piscinas con forma de riñón.

La vida rezuma un dolor extraño para estos personajes de Izaguirre, por más que naveguen a bordo del “Burlesque”, que el encuentro con la señora Lilian, una actriz mala de las que sabe crear sus pausas, escenifica escudándose en ser transmisora de órdenes solamente cuando sabe que la gente del país es negra aunque no cuente y que en momentos de máxima tensión siempre hay un rastrillo para acabar con la pesadilla de esa cara de una sola pared en la que no hay por qué seguir oliendo la sangre de las gallinas asustadas de Evaristo.

Y de repente fue ayer. Boris Izaguirre. Planeta. Barcelona. 2009. 496 páginas.