En tierras bajas

“Tiefland” era la tierra baja de Leni Riefenstahl, quizá estas “Tierras bajas” sean la reacción alérgica de la premio Nobel de 2009 a esa plenitud de la naturaleza en la estética fascista, en realidad, de cualquier totalitarismo. Porque en la novela de Müller el aire está caliente y vacío, el silencio no es sino la mentira de una sociedad que ha incorporado las formas ritualizadas del perdón, pero nada más. Los chillidos de los gansos atemorizan a la chiquilla que corre a casa, aunque tendría motivos para asustarse con sólo ver a esas mujeres qu enronquecen y se mimetizan unas con otras entre la superstición que encanece a la que actúa distinto al modo establecido.

Son escenas contadas por una niña que es empujada bruscamente de su infancia, escuchando los gemidos del cerdo en la matanza que apenas se resiste, los gatos que mascan las cabezas de la plaga de ratones y las serpientes se adueñan del pueblo. Un país de prohibiciones, de cuerpos caminando cautelosos para no quebrarse, pero permisiva con el incesto, pues los muertos aguardan pacientes siempre al siguiente en morir y los muñecos de nieve que a todos los niños gustan son la amenaza barriguda que tarde o temprano arrase con todo. No hay compasión siquiera para una religiosidad salvadora; la virgen es de yeso y el techo estrellado sólo es eso, un fresco al que mirar dentro de una iglesia tan claustrofóbica como la vida en esta isla negra que es el pueblo suabo donde todos se bañan en la misma tina.

En tierras bajas. Herta Müller. Siruela. Madrid. 2007. 179 páginas.

Y si quieres comprobar que la timidez de la autora también se percibe en su voz, trastabillante a veces, decidida siempre, puedes escuchar algunos de sus textos en Lyrikline.