Entrevista con Ferrán Adrià

Más allá de sus innovaciones culinarias o la asepsia de diseño que con él entró en nuestras cocinas, el misterio de Adrià reside en haber devuelto la ritualización a lo que hasta hace poco era únicamente materia de
trámite: la comida. Desde tiempo inmemorial el acto de comer se había rodeado de un misticismo que los tiempos modernos habían desterrado, sólo hay que pensar en los banquetes romanos, medievales o renacentistas con todo el fasto que los acompañaba. Y seguramente por eso el triunfo de este cocinero español es tan universal, porque en una época de descreídos, la religión del placer ha regresado para cambiar nuestra forma de apreciar la cocina. Renovación extrema de sabores en un restaurante con aroma de otro siglo, al pie de la Costa Brava que una vez más reinará en el Madrid Fusión que se acaba de clausurar. 

–         El restaurante no se encuentra en un sitio muy accesible.

–         Esto lleva cincuenta años aquí, el sitio ya existía. No es que nosotros tuviéramos la idea de poner un sitio así, porque es ilógico como concepto de negocio, no tiene ningún sentido. Y sobre todo ahora menos, claro.

–         ¿Os resultó muy complicado al principio traer a la gente aquí?

–         En 2012 llevaremos 50 años, por lo que es un recorrido muy largo y con muchas penurias y aun hoy, el restaurante en sí no es negocio; todo lo que hay alrededor del Bulli no tiene sentido.

–         Hay quien piensa que la cocina de vanguardia es cosa de charlatanes y de mucha tecnología…

–         Al revés, lo que hay son muchas horas de trabajo y además como todos los días comemos, se tiene una referencia. Todo el mundo habla de comida cuando todo esto es mucho más complejo de lo que parece. Es un trabajo duro; si en cualquier disciplina hubiera que trabajar mañana, tarde y noche, seguramente dejarían de trabajar.

–         ¿Estando en crisis la restauración es una buena salida profesional?

–         Es un buen trabajo que hay que pagar; la restauración como pasión que es por lo que estamos aquí. Es un trabajo de servicios en una Europa que no quiere servir con un público que está acostumbrado a una relación con el servicio que en el 2010 no funciona -no es lo mismo hace cuarenta años que hoy-. Todo el mundo en el sector servicios ha perdido una calidad terrible; antes ibas a un pequeño ultramarinos y te daban un cariño tremendo, aunque de pasión tenía poco. Hay trabajos donde hay más pasión o menos, te puedes divertir o no y esto sí que hay que cambiarlo.

–         Has introducido una especie de renovación lingüística en la cocina porque aparte de la esferificación, antes la cocina no era emoción…

–         Siempre ha existido todo esto, pero quizá lo hemos conceptualizado, radicalizado y ahora todo el mundo entiende que puede haber un tipo de restaurante que puede ser algo más que comer bien, como cuando uno va a ver una película o un partido de fútbol y es algo más que eso.

–         Hablas de propuestas como fast-good…

–         Es buscar otras vertientes, sobre todo como negocio. Estamos muy contentos en lo que es la cocina del Bulli y seguramente haremos algo más, pero nosotros ya lo hemos hecho.

–         ¿Has tenido tentaciones para cambiar la ubicación?

–         No, porque no tendría sentido; esto ya está muy consolidado. Como concepto no, lo que sí habrá son cambios en el futuro. Este proyecto sólo es posible fuera de una ciudad.

–         El viaje hasta el Bulli es casi iniciático…

–         Sí, la filosofía es lo que no puedas cambiar, que no te preocupe. Cómo podrían haber sido las cosas me da igual, pero si tengo claro que si quieres montar un negocio de restauración no lo hagas en la costa, porque tienes cinco meses muy duros. Es un problema que tenemos en España, porque hay cinco meses en los que no hay gente y que dar de vivir con eso para doce meses es complicado.

–         Encontrarse con esas cortaduras de piedra del paisaje es impresionante…

–         Es un parque natural a dos horas de Barcelona y supone un lujo asiático el que cualquier persona pueda venir a este lugar, porque es mágico. Es lo más parecido al paraíso que uno puede encontrar en Europa.

–         ¿Normalmente tu indumentaria para trabajar es ésta, con tu mandil?

–         ¿Cómo quieres que vaya? Una cosa es el glamour que podemos dar a veces cuando me dan premios en Londres o Nueva York y otra cosa el día a día que es trabajo, trabajo, trabajo.

–         Nadie se espera que alguien que ha aparecido en 18 páginas del New York Times tenga este aspecto…

–         Si he salido es porque he estado en la cocina. No hay secretos; sobre todo uno tiene que saber que para llegar lejos en cualquier oficio se necesita disciplina y mucho trabajo. Trabajando cinco días a la semana, ocho horas, uno no va a hacer algo diferente, tenemos que mentalizarnos y es algo que hay que escoger, aunque yo sé que es un esfuerzo.

“No se trata de entender la comida, como piensan algunos, sino de disfrutarla”

–         ¿En ningún caso te planteas convencer de tus innovaciones?

–         Yo quiero que la gente sea feliz, lo que no significa que vayamos a cambiar la manera de cocinar  de la gente. Tenemos que hacer una especie de comunión entre lo que nosotros queremos hacer y lo que la gente viene a buscar, sabiendo que cuando haces vanguardia todo es muy complejo. Aunque al final todo se reduce a si te lo has pasado bien o no. Estoy harto –en el buen sentido- de hablar del Bulli; yo lo que quiero es que la gente disfrute. Entiendo que la gente quiere saber el cómo, el porqué, pero conforme pasan los años cada vez es más complejo explicarnos y además, explicar las cosas está bien, pero llevo diez años de mi vida explicándome.

–         Eres el mejor cocinero comunicador…

–         En mi vida he pedido una entrevista. La gente piensa que alrededor del Bulli hay un equipo de marketing de diez personas y sin embargo, nuestro jefe de prensa, Paul, es uno de los jefes de sala, porque esto es auténtico. Procuramos ser educados con la prensa, dentro de que es una locura y no para. Y ya con internet hemos entrado en una dinámica en la que no sé qué va a pasar, porque hay unas 1.000 personas que te quieren entrevistar por internet. Hasta ahora lo hemos podido llevar y lo llevamos lo mejor posible.

–         ¿Llevas mal el acoso mediático?

–         No es un tema de acoso mediático y el día que lo lleve mal no haré entrevistas. Está bien si es equilibrado y de momento, yo no me quejo. Si hay algo que no me gusta, no lo hago y ya está.

–         Has comentado que te molestaban los que hablaban del restaurante sin haber venido y críticas quizá como las de Boadella o Fontseré sobre el escenario…

–         Cuando uno hace vanguardia uno está vacunado contra esto y sí que entiendo que cuanta más gente de conoce, más te pueden criticar. Es muy fácil: si no te gusta, no vengas. Una de las cosas por las que tengo un restaurante es que es algo muy democrático. Uno puede controlar lo que hace, pero no la repercusión que tiene.

–         ¿Llegaste a ver “El retablo de las maravillas?

–         No, pero en el año 2009 encuentro esto del plato grande o poca comida un poco ridículo, porque si vas a un restaurante y te quedas con hambre, pide más comida, coño. Esto podía discutirse hace treinta años. Otra cosa es que el sentido del humor me encanta y mezclarlo con la comida es un síntoma de que estás en la sociedad, pero de eso a que el chiste sea el tamaño del plato…. Esto se hacía en la nouvelle cuisine y cuarenta años después aún estamos con el mismo discurso, cuando además hoy en día se está hablando de que hay que comer menos, porque la obesidad ya es un problema en esta sociedad.

–         Tienes claro que hay que aceptar las críticas…

–         Para esto se creó…

–         ¿Pueden deberse a que no entienden el fondo de tu creación? ¿A la gente no le gustan las innovaciones?

–          Hay un rechazo animal, porque se debe a que no quieres que te guste algo y te niegas a probarlo, después hay otro rechazo más intelectual porque no entiendas que se avance y que en esos cambios a veces te equivocas y por eso no quieren cambios. Esto ha cambiado y la gente de más de cuarenta años no tiene nada que ver con los jóvenes, en general.

–         Has dicho que los jóvenes vienen por curiosidad y felicidad y los mayores que venían para probar cosas distintas…

–         Por ejemplo, un joven de España conoce igual el sushi que el cocido o puede encontrar la misma magia en ambos. Es gente abierta que cuando se van de vacaciones es a los sitios más raros y está bien que esto se convierta en un debate. Hay quien sin saber de nada, empieza a hacer discursos filosóficos sobre cocina y no saben lo que es la esferificación o los tipos que hay. Es lo mismo que hablar del motor de explosión de un coche sin saber lo que es una bujía. Esto se debe a que todo el mundo come, todos tienen referencias

–         …Y se sienten capaces de hablar de ello…

–         Pero está muy bien y no creo que la gente a la que no le guste lo que hago sea tonta; tienen todo el derecho del mundo. El problema es cuando uno le quiere dar vueltas y antes la gente al preguntarles qué tal la comida te decían “especial” y notabas que no les había gustado. No pasa nada por decirlo.

–         ¿Vosotros cocináis o hacéis algo más?  

–         Claro, la experiencia es lo que sí puede ser algo más que comer. Es una cocina de vanguardia que sí es más que comer bien, porque es alta cocina y la que abordas de un modo muy transversal desde la salud hasta la economía, desde la ciencia hasta el diseño, desde la parte artística hasta la ecología. Es la disciplina más transversal que hay. Cualquier cosa que hagas, está la cocina por el medio.

–         ¿Cuándo deconstruyes lo haces con el gusto o con el olfato?

–         Con todo. Cada plato es un mundo; si la cocina es compleja ésta lo es mucho más, porque se trata de hacer algo que no se haya hecho antes en la historia, de abrir un camino. Nuestro reto es de locos. Aunque se puede explicar muy fácil: tienes la idea, la desarrollas y si funciona bien acaba siendo el plato. No se trata de entender la comida como piensan algunos, sino de disfrutarla. ¿Tú entiendes una paella?

–         Vosotros hacéis todo el trabajo racional para dejar al comensal sólo el placer…

–         La cocina es un lenguaje; nosotros dialogamos con la gente para que vean cosas que queramos decir. A veces lo logramos y a veces no.

–         Tu inspiración dice que es consecuencial, que te surge a partir de leer, viajar…

–         Y después creas en un momento determinado en el que gracias a él te sale bien o no.

–         ¿Puede darse que tengas entonces un mal día y de ahí una mala creación?

–         Hay días mejores y otros peores, esto es normal. El estar de mejor humor o no me lo he planteado nunca, bastante lío tengo con la cuestión de la creatividad.

–         Sueles hablar mucho de pragmatismo..,

–         Un creativo tiene que ser muy pragmático; nosotros tenemos la suerte de que no hemos buscado esto. Cualquier persona, de cualquier disciplina que ha llegado donde nosotros lo ha hecho premeditadamente. Si analizas nuestra biografía te das cuenta de que era impensable. Esto ha sido un regalo, por lo que el ego creativo que no tiene nada que ver con el ego de la fama lo tenemos cubierto cien veces. Si un arquitecto te dice que no sueña con ser Le Corbusier o Mies van der Rohe es mentira; un autor quiere ser creativo y la creatividad conlleva esto y esta crisis es la que hace que la realidad sea tan compleja y tan dura y tan tierna al final.

–         ¿En esto de la cocina existe alguna clave para llegar a la cima?

–         Depende de qué meta te pongas si eres ambicioso en el aspecto creativo. Ahora existe una meta que es que te inviten a Documenta a Bassel, algo que antes no existía. Hoy en día las tres estrellas Michelín que eran el paradigma de los premios o salir en el New York Times. La gente no tiene que buscar esto, sino ser feliz y quedarse con las consecuencias de su trabajo. No soñábamos ser una referencia en el diseño, pero nos han dado un premio. Nuestro caso es muy especial.

–         Porque además el Bulli nace de una historia casi familiar, porque no llegas como el gran cocinero sino que empiezas desde abajo…

–         Y además con muchas casualidades de por medio. No estaba buscado, por eso digo que mi biografía profesional y humana es muy rara. Cuando escuelas como ESADE han estudiado nuestro caso han pensado que era algo marciano, que no tenía ninguna lógica.

–         Sin embargo, eres uno de los thinking-heads…, pero ¿Qué aporta un cocinero?

–         Creatividad. Cuando a mí me llaman es porque somos la imagen del riesgo y de la creatividad, Hay una parte de gente que lo valora mucho, porque lo más fácil es no hacer nada y nosotros llevamos ya 25 años que son muchos renovándose.

–         ¿Qué índice de renovación tiene por ejemplo la carta del Bulli?

–         Todo, cada año es todo nuevo.

–         El balance lo hacéis a final de año, pero no en términos económicos…

–         Hacemos una auditoría creativa. Cuando te quedan 20 días para acabar el año ya puedes hablar del Bulli 2009, de lo que es su nivel de cocina y de un año de ideas, a lo mejor sólo para un plato.

–         ¿Te sigues entusiasmando cuando te viene una idea a la cabeza y al día siguiente creas el plato?

–         No, somos bastante sistemáticos, porque hay que ser muy pragmático y entras en estos mundos en los que porque piensas que eres creativo eres más importante –esto lo odio-.

–         ¿Ferrán Adrià está preparado para cambiar  y ser uno más en la gastronomía?

–         Lo puede ocurrir es que llegue un momento en que digas, ya no es tan creativo o ya no abre caminos. Esto no sabemos cuándo pasará, pero nosotros hemos creado un lenguaje propio y para desarrollarlo harían falta veinte vidas. No sé si nos apetecerá hacerlo o que lo hagan los otros, puesto que es algo que está pasando. No lo sé. Sé lo que van a ser los próximos cuatro o cinco años, pero hay momentos en que nos apetece o me apetece seguir a este nivel y otros días que no. Podría estar veinte años más…, pero tengo una ventaja y es que esta crisis que uno puede tener, el día que diga “se ha acabado” estaré por el mundo dando conferencias por lo que hemos hecho. Me importa que no sea un trauma y que como ha sido tan bonita esta historia, acabe muy bonito, porque el Bulli acabará con Juli y conmigo…

–         ¿No habrá continuidad?

–         No, esto sí que te lo puedo garantizar porque esto sería un castigo. Yo he sido cauteloso, pero estamos hablando de un lugar que ha cambiado la manera de entender el comer. Y eso es muy fuerte, por eso es una historia que tiene que acabar de una forma muy bonita. Igual continuamos otros veinte años, o a lo mejor sólo abrimos un mes al año o sólo creamos. Mi mayor trabajo ahora es hacer estos cambios estructurales para que nos motive para continuar, porque aquí es al revés y muchas veces te plantean por qué no te retiras…

–         ¿Comentaban que Blumenthal era tu discípulo y posible continuador?

–         No, pero es íntimo amigo mío. Dentro de los que ahora mismo están no va a haber la persona que haga el cambio y además, una de las cosas con que contamos en la cocina española es que la revolución que ha habido es tan fuerte que tenemos un cierto margen de recorrido. Para que aparezca en prensa que esto ya no es vanguardia, tardaremos todavía un tiempo. En España la transformación ha sido muy violenta, con polémicas… Si cerráramos el año que viene quedaríamos allí en la foto y el Bulli sería un santuario, me daría todos los premios. Vale, para no dejarlo es muy importante atender a los ciclos, porque nos tenemos que motivar. ¿Para qué vamos a abrir el año que viene si esto no es un negocio, para ser famoso, si ya lo tenemos todo?

–         Aunque aparentemente sea muy lucrativo…

–         Es una de las cosas que no hemos sido capaces aún de hacer y es la divulgación. Estos programas documentales que hemos hecho para TVE ayudan mucho a entender, porque la gente se piensa que estoy con un Ferrari, de fiesta en fiesta con Cindy Crawford y que no estoy nunca en la cocina. La gente no se cree que yo estoy aquí 140 días de las 9:00 de la mañana a las 2:00 de la mañana, fulltime. Se cuestiona que te gastes 300 euros en el capricho de tu vida, sin embargo, si es en un Barça-Madrid, no pasa nada. Este estigma de que esto es para ricos aún no hemos sido capaces de erradicarlo.

“El Bulli terminará con Juli y conmigo”

–         ¿Cómo convences a los que les cuesta disfrutar de la comida?

–         Ni lo intento, pero se pierden algo en la vida, porque tres horas al día las convierten en puro trámite. Al final esto es un hobby y no es necesario que te aficiones a la cocina de vanguardia, puedes hacerlo a la cocina tradicional. A veces lo que hay son bloqueos mentales, algo parecido a lo que ocurre con la música de vanguardia y la ópera.

–         ¿Se da también quien os visita por el prestigio que da?

–         Hay de todo, pero menos de lo que la gente piensa. Viene gente normal, abogados, auditores, empresarios… Por 300 euros que vale comer aquí, que es lo que vale un hotel de cuatro estrellas en Londres, estás haciendo algo que Bill Gates no lo podrá hacer más. Al final es muy “democrático”, lo peor es el sitio, no tanto el precio. Ayer cuatro mesas venían expresamente de Sydney para comer. Se te ponen los pelos de punta…, yo no lo haría. Me encanta la comida, pero no me veo cogiendo el avión. La expectativa que debe tener la gente debe ser increíble. Y eso nosotros no lo controlamos. Después es verdad que a una final de fútbol van 40.000 personas.

–         ¿Detectas cuando alguien no lo ha pasado bien?

–         Cada persona es un mundo.

–         ¿Tu familia disfruta con tus platos?

–         Sí, pero es diferente. La comida no tiene nada que ver con lo que es esto.

–         ¿Eres de los que se te ocurre la idea y te tienes que ir a la cocina a crearlo?

–         No, esto es más humano y la pasión está bien, la obsesión, no, porque es muy mala para crear.

–         ¿Qué opinas de la prolongación de la vida activa?

–         Cada disciplina es un mundo y el problema que tenemos es la tendencia a generalizar, porque no tiene nada que ver un minero con un administrativo de banca, o un creativo que es pura pasión con otro que hace una tarea mecánica. La opción de poder hacerlo está bien, pero no la generalización.

–         Hablas de democratizar la cocina…

–         El placer de comer. 300 euros al año es algo que se lo pueden gastar millones de españoles, pero no puede ser para todo el mundo, pero tampoco una entrada de fútbol en la tribuna. Es más una actitud gastronómica, que te haga ilusión comer, como cuando te vas a tomar un café te compres una máquina que te sirve un capucchino. Eso es un símbolo de que quieres ser feliz, porque yo siempre digo que comer bien, alimenta el alma. Cuando uno come bien, se levanta feliz.

–         Excepto en tu caso los pimientos rojos y verdes que al parecer no los soportas…

–         Todo el mundo tenemos nuestras cosas…

–         Hablas de la fruta como tu fetiche y de las texturas que antes pasaban desapercibidas en la cocina…

–         Una de nuestras grandes revoluciones son las texturas elaboradas, nuevas. Si analizas la cocina china las texturas son igual o más importantes que el gusto. Los cuatro productos fetiche de la cocina china son texturas.

–         De los que intentan copiarte has dicho que no siempre se logra el mismo resultado. ¿La cocina de Adrià se ha trivializado hasta el punto de que poniendo un plato cuadrado con un adorno de caramelo y poca cantidad baste?

–         Gente que haga cosas nuevas hay poca y por eso es normal que te copien. A partir de ahí, hay gente que coge las ideas, pero cuando las realizan lo hace regular o mal, pero esto pasa con cualquier cosa en la vida. De lo que sí me quejo es que parece que los culpables son la gente joven que arriesga y quiere hacer vanguardia, sobre todo cuando se equivocan, porque son los que salen en la prensa.

–         Porque es no entrar en la esencia, pues detrás de tu trabajo hay una técnica y una tecnología…

–         Como en la tortilla de patatas. La diferencia es, y por esto es más criticable equivocarse en una tortilla, que en ese caso hay una receta y lo que hay es una negligencia profesional. En la cocina de vanguardia no hay reglas y por eso cuando se hace mal es porque esas personas no tienen más capacidad creativa y para mí es más perdonable cuando voy a comer. Ahora las tapas están muy de moda y ya hay gente que empieza a hacer crítica sobre ellas.

–         Las has puesto tú de moda…

–         Sí, pero en el fondo lo que subyace es que se les critica por hacer un tipo de cocina y no por cómo cocinan.

–         En un reportaje sobre la Ruta del Cid se ofrecía ropavieja en un restaurante con diseño de vanguardia. ¿Qué opinas de estas situaciones?

–         La cocina tradicional siempre ha evolucionado; no comemos igual que en el 1500. Se innova por ejemplo, a través de un aporte técnico en la cocción para lograr que la paella, por ejemplo, tenga más regularidad o añadiendo ingredientes nuevos como anguila y centolla, por ejemplo, a una receta tradicional.

–         ¿Pero eso no pervierte la cocina tradicional?

–         Se ha pervertido ella sola siempre y si comiéramos como hace 500 años vomitaríamos.

–         Hablas de la cocina como disciplina histórica…

–         Eso es una manipulación de arriba; no existe la tradición, existe la historia. El tomate es de 1800, la tortilla de patatas es de hace cuatro días… Utilizar la tradición es siempre algo muy retrógrado, porque lo que importa es la historia y la realidad es que en 1800 la patata apenas se comía y en su momento hacer una tortilla fue una cosa creativa. Y si se hizo eso, ¿por qué no se va a poder hacer una tortilla con perifollo? Eso queda no obstante, para la gente, porque en el ámbito popular queda siempre lo más fácil, mientras que lo sofisticado ha ido quedando para el mundo profesional. Hubo casos raros en los que en casas de particulares ha habido profesionales trabajando para hacer hojaldre, por ejemplo.

–         ¿Cuando se recuerde el siglo XXI cuáles serán las líneas de la cocina que quedarán?

–         El cambio será entre otras cosas que va a haber documentación, porque desde 1975 hasta hoy, todo va a estar muy documentado. Se hará, por tanto, más análisis, pero no sé cómo se recordará…, las cosas cambian tan pronto. Será el siglo del video, algo que ya no existe.

–         ¿Y de vosotros?

–         Si tuviéramos que sintetizar en una cosa, sobre todo sería la actitud de vivir la cocina como una experiencia en la que lo mismo que la gente va al teatro, viene a comer.

–         En la sala Pradillo hacen perfomances de cocina, violencia, sexo…

–         Esto ya ha pasado, el diálogo entre la cocina y el arte va a haber un momento en que se mezclen, pero eso será una performance, nunca cocina, donde la finalidad es la emoción a través de los platos.

–         Comentabas que sigue pareciendo cursi llorar ante un bacalao ¿se te saltan las lágrimas ante un plato?

–         Es una metáfora, pero la gente lloramos cuando gana nuestro equipo de fútbol y nadie se escandaliza, pero sí cuando se emociona ante la comida.

–         ¿Conseguiste marcharte de vacaciones a Ibiza, porque no sé si ésta es la jornada de trabajo que buscabas cuando empezaste?

–         A Ibiza me fui de juerga, y en cuanto a mi horario laboral, mejor no explicarlo. No puedes hacer que la gente trabaje quince horas, 365 días al año, porque te dicen que estás chalado, pero esto es lo que yo he hecho durante quince años. El riesgo es lo único que uno puede asumir.

–         ¿Harás ese parón con tu socio del que a veces has hablado para decidir si éste es el Bulli que queréis?

–         El parón es más para ver qué hay después, porque después de los últimos 17 años, igual hay que tomarse un tiempo sabático para observar con una perspectiva un poco más amplia. Aunque la gente dirá “si trabajáis seis meses”, pero se equivocan. Cuando termina el año cogemos quince o veinte días de descanso y luego empezamos a trabajar para el año que viene, porque trabajamos con una presión creativa increíble. La gente que viene quiere ver un triple salto mortal, espera que sea el lugar donde se hagan las ideas y eso está muy bien, pero quizá haya que pararse.

–         Decías que tu revolución no ha sido buscada. ¿Tuviste que fusilar muchos zares en la gastronomía o eres el resultado de una evolución?

–         Tuve que acabar con el copiar y con ese hábito de hacer lo mínimo. Es una frase muy simple, pero significa mucho, porque es muy difícil no copiar. Al final se crea un monstruo, porque vienen las depresiones creativas, pero continuamos con ese discurso de no copiar.

–         ¿Cuándo hablas de hacer lentejas sin lentejas son malabares lingüísticos?

–         Se piensan que es una esferificación, cuando es algo muy básico, pero se convierte en un icono y es plato del año, porque cuando lo ves parece una lenteja, aunque en realidad son bolitas que desaparecían al comerlas, porque se trata de ese diálogo con la gente.

–         ¿Te sientes como el Willy Wonka de los fogones?

–         Sí, en el aspecto rococó, mágico, por una parte, pero al final la sensibilidad de todo está mucho más japonesificado. En cierto modo en nuestros menús se dan experiencias y pasan muchas cosas, con un hilo conductor muy difícil de describir.

–         Con esa desaparición de un comensal el Bulli se ha convertido casi en el escenario de una novela de Agatha Christie…

–         El Bulli tiene un imán para que pasen cosas marcianas.

–         Como el que ese hombre, un mensajero, dedique sus ahorros a comer aquí…

–         A una pobre gente que esté en el paro con tres hijos todo lo que supere los diez euros le tiene que sonar a escandaloso, pero a una pareja que trabaje, gastarse 300 euros para vivir una experiencia significa comprarse un par de zapatos menos. Si este discurso lo haces delante de cinco millones de parados es obsceno, pero en ese sentido cualquier cosa, coger un taxi también lo es en este contexto. Es un estigma que llevamos y que es el gran reto final. ¿Por qué cuesta esto? Porque la profesionalidad cuesta eso.

–         La conciencia social de Adrià se centra en el proyecto Alicia…

–         Sí, pero no es ninguna obligación. Es normal que una persona que trabaje en esto quince horas al día tenga un compromiso social. Es una decisión propia, porque está bien ayudar, aunque no es algo que se tenga que pregonar.

–         ¿Sigue siendo necesario participar con Valentín Fuster en la promoción de una comida saludable?

–         Colaboras, pero tampoco es el fin del mundo. Somos millones de personas que hacemos cositas y con eso evolucionamos un poco.

(Publicado en ACTIVA)

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