La vida buena

El egoísmo de Occidente cristiano es el promotor de ese bienestar de la conciencia satisfecha, por eso Sádaba preconiza la autonomía de una moral estrictamente humana, sin aditivos de seres supremos en los que refugiarse de las carencias decisorias, de la responsabilidad mal asumida.

El autor escarba en diferentes mundos felices y desdichados, eligiendo un posicionamiento intelectual que se recree menos en la reflexión y más en la acción como en el budismo, tan distante aparentemente a nosotros. Amar la vida es hacerlo desde su imperfección; de ahí que sea requisito necesario desenanizarse moralmente frente a las nuevas tecnologías y reconocerse en los derechos y las buenas acciones, huyendo de la violencia reprobable, la de la culpa.

No hay opción para lo que define como criptoconfesionalidad de España según el filósofo que no se olvida de Elena y tal vez por el vitalismo que de su pensar se concluye en recuperar a Brecht ahora que dicen sus paraísos han quedado malditos y sepultados, desanimando a los demás a cometer la injusticia, pandemia vírica más que otras de uso común en los telediarios. Si además auspiciamos sociedades que desarrollen una resistencia disciplinada ante la adversidad, gocen con el compromiso y no se cimienten en una omnívora fruición por lo apolíneo que consumen cada día la pedagogía del rechazo a lo no armoniza con los lugares convencionales. Y para vivir bien y no aburrirse uno de los preceptos podría ser echar una ojeada al desvanecimiento de las libertades que denuncia Sádaba para no tambalearnos ante las enfermedades del espíritu y otras que, desde la aceptación social como el autoengaño, la política castran el sentido de la vida, siempre necesitado de una previa decantación que evite deslizamientos hacia el dolor evitable.

La vida buena. Javier Sádaba. Península. Barcelona. 2009. 280 páginas.