Los bosques de Upsala

Como las larvas de Aedes albopictus los depresivos viajan a nuestro lado sin que los controles aduaneros de la sociedad los detecten. Julio ya se encontró con una mujer que saltaba al vacío para caer sobre un buzón de correos, curioso aviso de los mensajes nunca enviados por la suicida, mandados en ese instante en tropel. Para pasmo del crío –¡hay que proteger siempre a los menores que almacenan todo!-  la sesada puede convertirse en su caso en un filete. Su desconocimiento entonces y sus remordimientos ahora conducen al investigador a recluirse en la habitación del bicho, asediado por la incomprensión de la sociedad que no responde a la duda de dónde ubicar a los que pasan  por urgencias psiquiátricas ni a la responsabilidad de ese entorno familiar que no ve mas que pasillos como cruces.

“Cien mil españoles queriendo quitarse la vida cada año” y la mujer del protagonista, Elena, a lo mejor no se acuerda de que no estaría bien destrozarle el quinto aniversario de boda saltando desde la terraza. Juan conversa con él sobre esa antipsiquiatría que, en vez de anular las tendencias negativas asumirá esta epidemia para la que el entomólogo no tiene capacidad de objetivar, igual que la sociedad sólo dispone de silencio para abordar la angustia del suicidio. El niño y el hombre hablan del mal de los balcones, porque Julio quiere comprender qué hace el móvil en la basura o por qué su esposa recala en los confines de los armarios, antes de que un funeral sustituya a un divorcio en este sufrimiento que el autor construye incluso a modo de pasillo.

Los bosques de Upsala. Álvaro Colomer. Alfaguara. 206 páginas.