Los confines

Los confinesHay un sabor a la Comala de Páramo en la última novela de Trapiello, no sólo porque los personajes hablan desde un limbo omnisciente, sino porque también en “Los confines” están presentes el incesto, el amor y ese Max casi inanimado al que da vida su cruce de caminos con Claudia en una boda tropical que amenace con descolocar los patrones de la civilización en el bochorno que conduce a los cafetales sin remedio. Si nos ceñimos a los hechos y análisis que diría Max, su historia es la recuperación de la fortaleza de dos seres a los que su pecado los hace débiles a los ojos del resto, huérfanos como los primeros moradores del Génesis, heridos en su desnudez como nudistas sancionados por textiles. El infierno en cualquier caso es otra cosa, como puede comprobar Max, improvisado reportero del drama en las vías de Atocha.

 La suya es una pasión a bordo de un cuatro por cuatro, sin más rumbo que el de las carreteras del paraíso que aquí ambos ubican en Constanza, virtud teologal ejercitada en tardes de citas en hoteles a media mañana, pero sobre todo cuando la tormenta de la convención moral descargue sus trallazos sobre ellos. Hasta que el vacío en Amor de Dios, desterrados de su vista probablemente, les otorgue la paz del exilio del paraíso y toda su intimidad resumida en unas cuantas cajas. Era de esperar que Cathy, la ardilla casera, antes broker campanilla, intentara recomponer su matrimonio, refugiada en el árbol conyugal, rezando porque todo vuelva al dique seco de la decepcionante normalidad. Pero que Agustín, el marido de Claudia reaccione vituperando a los amantes no es propio un coleccionista de esposas jóvenes a las que deja un placer inverso a la paz de la cuenta corriente.

 Trapiello se pregunta con el lector, las razones de esa sociedad que jibariza la comprensión y maximaliza la condena, aunque todos escondan cadaveres en baúles como los protagonistas de “La soga” de Hitchcock. Claudia y Max no pretendían ser más hábiles que nadie, simplemente se vislumbraron simétricos y traspasaron el umbral de la corrección, porque no tienen como Flores una infraestructura socioeconómica, judicial y policial que ampare la “monstruosidad” que han cometido. Ellos son las únicas víctimas de una osadía de la que se sienten culpables en la medida en que han hecho daño a su entorno. El dueño de La Culebra, animal edénico por antonomasia, sí que muerde concienzudamente la manzada prohibida una y otra vez, sabedor de que un puñado de sicarios son suficientes para acallar las voces que denuncian el insano efecto depredador del picor en sus genitales.

Los confines. Andrés Trapiello. Destino. Barcelona. 2009. 271 páginas.