Deseo de ser punk

No va contra el Estado, no desde luego contra la institución, sino contra el de conciencia. Martina no es punk por ácrata, más bien por su negativa a identificarse con la secuencia que otros han trazado. En la cinta mecánica de la vida cotidiana, Lucas es uno de los modelos que podría seguir, pero su ejemplo demuestra que la sociedad capitalista despedaza los juguetes a los que se les salta la cuerda. Y Martina evidentemente empieza a dar síntomas de ser candidata a ser otro más, porque no sólo no se enchufa a la música interminable de los mp3, nos transcribe los sentimientos que están detrás de cada estrofa y es de las que piensa que las series creativas deben concluir. El cuaderno de la adolescente es su ventana a la confesión, pero también el límite de la selección natural de esas palabras que acecha, porque entre otras cosas debe encontrar su música.

En su busca la joven se revela una antigua, disfrazada de mujer decidida entre los mostradores de vinilos condenados a pertenecer a otra generación, puede que a la de Salinger, aunque la chica que escoge Belén Gopegui sea menos egocéntrica y más entregada a las causas colectivas que Caulfield. Sus desquicios rara vez se contentan con cuestionar a la extraña del ascensor sobre la audición humana, si bien todo el libro sea eso, una divagación sobre la capacidad de escucha: la de Vera a los problemas de su amiga, la de la madre de Martina a su marido, harto de locutar textos que no ya no le llenan, la de esos interlocutores a los que se dirige la chica y la escucha en definitiva, como amenazante grito desde una emisora en la que la basura se ha hecho fuerte. Habrá que recordarle a Gopegui que reivindicar diversión sin consumismo es un llamamiento demasiado marxista para estos tiempos. Pero tiene razón, si no les damos salidas, vendrán ellos a buscar sus agujeros.

Deseo de ser punk. Belén Gopegui. Anagrama. 187 páginas.