Ella, que todo lo tuvo

 

Portada de la novelaGéza Csáth se dolía allá por el verano de 1912 de lo terrible y angustioso que le resultaba pensar que ya no le apetecía escribir. Algo similar podría decirse de la escritora, Ella, a la que, tras sufrir un dramático accidente de coche se le viene toda la culpa encima –el sueño la venció y acabó con las vidas de su pareja, Marco, y su hija, Chiara- en forma de inactividad literaria. La desazón de esta mujer abandonada a la suerte de su psique busca consuelo en la materia que rehúye precisamente, los libros a los que como fetiche observa en una tienda del Mercato Nuovo. A su vez, Ella es el organismo vivo preferido de Lívido, dueño de esta curiosa librería en la que aparecen pupitres. A medida que la orquídea se vaya tiñendo de rojo y vaya menudeando en el Harry’s Bar, la protagonista irá hallando respuestas a las preguntas que le suscita su soledad.

Pero como creadora que es, concibe un personaje de carne y hueso, la donna di lacrima, que en su ático, rodeada de pájaros toh, escucha impertérrita a jueces, empresarios y actores, en un desdoblamiento donde la mujer actúa de vomitorio para las decepciones de estos hombres ansiosos de rozar el cuerpo desnudo tras la seda azul. Recuerden el color, por si les da alguna clave.

Y mientras el reloj sin manillas de la vía Ghibellina aisla a esta mujer de nadie entre la bruma, la otra, la escritora tullida salva del olvido los volúmenes que sobrevivieron al alluvione e indaga sobre la autoría de unos retazos la vida de una mujer como ella misma, deseante e insatisfecha, carente de palabras ahora que sólo es fragmento de historia. 

Ella, que todo lo tuvo. Ángela Becerra. Planeta. Barcelona. 2009.

422 páginas.