Quemar después de leer

Pasados unos días, recordando esta película, no podía dejar de pensar en lo taimados que son los hermanos Cohen…, ¡regalarle a tu mujer una silla mecedora con un dispositivo a modo de pene puede ser desconcertante, pero que ella sea una escritora en gira promocional y se la ofrezcas para sus momentos de descanso! ¿Una estupenda metáfora de lo que piensan Joel y Ethan del  mundo editorial, tal vez?

Aparte de eso, “Quemar después de leer” se confecciona con personajes que podrían ser todos invitados a una cena de los idiotas, desde la frígida Tilda Swinton, engañando a su marido en el barco de su amante, apoyada en una almohada con la banderita americana, hasta el cornudo, John Malkovich, un analista de la zona de los Balcanes en la CIA un tanto miope que no es capaz de descubrir ni siquiera las aventuras sentimentales de su esposa. Está también ese gimnasio, recinto donde se reúnen las miserias humanas a hacer deporte y en el que encontramos a una Frances McDormand dispuesta a todo con tal de pagarse una cirugía estética que la ponga de nuevo en el mercado y a Brad Pitt, poniendo voces de malo de opereta en una chiquillada que le saldrá cara. La caricatura se completa con el amante del bricolaje casero, George Clooney, al que no hay pasión que apague sus obligaciones con el culto al cuerpo, puesto que después de cada encuentro sexual sale corriendo cual gamo a seguir curtiendo su musculatura. En la versión española queda quizá un tanto incomprensible la escena con Tilda porque aquí no tenemos tantos tabúes con el diccionario posturológico que quiere practicar con una amante, demasiado americana para no ofenderse lo que no era ni propuesta. Y estudien la paranoia de este infiel consecutivo, pues de ella pueden extraer conclusiones sobre la imposibilidad del ser humano para, no conformarse, sino decidir con convencimiento.

Somos estúpidos, todos, y por eso los directores cierran la película con ese efecto de zoom, porque han escogido este desastre como cualquier otro en una pintura de tipos humanos digna de Zola, sólo que con más sarcasmo, sin que eso ayude a borrar las historias de tantos solitarios compartiendo su incomunicación.

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