Los hombres de la Guadaña

Portada de Los hombres de la GuadañaHa pasado más de una década desde que Louis descubrió su conciencia, o eso dice Gabriel, pero sin embargo, sigue siendo uno de sus hombres de la Guadaña, después de encontrar para él y su  incómoda orientación sexual un sitio en el mundo. Su sed de violencia como ha detectado el vulnerable Ángel –“vendido a pederastas y depredadores sexuales por dinero para la bebida” por su padre- puede desatarse de manera explosiva como un fuego incansable, en recuerdo de aquel que transformó a Errol Rich en el Hombre Quemado mientras las manos de las mujeres sujetaban las de sus hombres sobre el mantel, a sabiendas de que Little Tom no olvidaría la afrenta.

Louis es el hijo de la discriminación racial, aunque aplica una muerte dulce a viejo como Leehagen, con ese mismo individualismo perverso de Ventura -por primera vez con una oportunidad para vivir, tal vez después de hacerse una cara nueva- que los enfrenta en un duelo final de paciencia e inteligencia en el que no diremos quién gana, si el asesino de asesinos o los cachorros de su estirpe. Hay quien podría considerar esta novela un spin-off, porque dos personajes habitualmente secundarios cobran carta de naturaleza, frente al siempre presente Charlie Parker, esta vez inactivo, si bien Connolly no parece que vaya a prolongar la agonía de los fans de su detective manteniéndose en la periferia de las tramas. El tangram lo completan la onmisexualidad de Willis y Harding, Kandic, un prófugo de los Escorpiones serbios y del Tribunal Penal Internacional y negocios de cuestionable supervivencia como Inversiones Última Esperanza.

Los hombres de la Guadaña. John Connolly. Tusquets. Barcelona. 2009. 337 páginas.