Secoya

Las torres góticas de las hojas aciculares de los pinos en el valle del torrente,

no muy lejos del Monte Tamalpass donde mañana y tarde bulle

una neblina muy espesa como la ira y el arrebato del océano.

 

En este enorme vedado enseñan los árboles el corte y el tronco al poniente cobrizo

sobre los anillos de los árboles  inalterablemente regulares como los círculos del agua

alguien pérfido ha escrito las fechas de la historia humana.

 

Lo primero desde el interior del tronco es el incendio

en la lejana Roma de los tiempos de Nerón,

en el centro, la batalla de Hastings, la escapada nocturna de los drakar.

El pánico de los anglosajones, la muerte del malogrado rey Harold

está contada al milímetro y por fin, casi rozando la piel del árbol

la invasión de los aliados en Normandía.

 

El Tácito de este árbol ha sido geómetra

que no conoció adjetivos, ni la sintaxis que expresa el espanto,

no conoció ninguna palabra, pues contaba,

sumaba los años y los siglos como si quisiera decir

que no hay nada aparte del nacimiento y la muerte,

nada, sólo nacer y morir

y dentro, la sangrienta pulpa de la sequoya.

 (Traducción del poema de Zbigniew Herbert a cargo de Maciej Rudnik y Alicia González).