Nadie gana

¿En qué piensa un preso? ¿Se puede convencer a los pobres de seguir labrando una tierra que siembran de sal? El novelista concluye inyectando esa sustancia, moralina, a quienes sojuzgan al criminal y escogen sentarlo en la silla eléctrica antes de corregir sus pasos en la trona o mejor, le cargan la vena de muerte con la jeringuilla letal. “La pura crueldad del castigo me había convertido en una bestia salvaje”. Son veinticinco años de supervivencia de un moderno Lazarillo, de mordeduras de perro en la espalda, de perdonar a los soplones para no envenenarse por dentro y alguna vez, de toparse con caballeros de los caminos como Johnnie. Progresivamente el muchacho huérfano va sustituyendo a los héroes de la sociedad, por otros menos de fiar que le adiestran en las técnicas para sedar con cloroformo y de paso le sirven de sustento en su lucha por salir con bien del juego de la violencia.

El chico no persigue la redención de sus pequeños golpes o de su adicción al
opio, pero en algún momento aún conserva la esperanza de regresar al buen
camino que él idealizar en ese padre que no supo continuar a su lado,
mientras va confesando al lector sus precarias relaciones con las mujeres,
salvo excepciones como Annie la Irlandesa. Gente torcida que ha aprendido a aullar en esta América sin códigos de los años veinte donde todavía queda
sitio para el orgullo profesional de este muchacho que alcanza en su
Waterloo con los chinos el peldaño de la peor suerte, quizá hasta dar con
los perros de la prensa, poniendo cerco a un animal herido que es el
maleante, pero de mejores instintos y más amigo del silencio de lo que el
plumilla cree.
Nadie gana. Jack Black. Escalera. Madrid. 2009. 413 páginas.