El día de la lechuza

Portada de El día de la lechuzaLa línea de la palmera “está subiendo hacia el norte” y con este cambio climático se están extendiendo los modos de la mafia, ese rojo Guttuso con el que las inconscientes chicas de Parma fantasean estremecidas por el poder de la gelosía. El capitán Bellodi es un hombre –según la clasificación del hombre de bien don Mariano (hombre en oposición a la categoría inferior de los cuacuacua)- pero de nada le vale ante la increíble Sicilia. Nada significa el cuerpo hallado en el chiarchiaro de Gràmoli, ni la confesión de Pizzuco, el excombatiente del EVIS.
La culpa la tuvo Parrinieddu que por primera vez hace una confidencia merecedora de un trago de amaro. Hay que cobrar la ofensa cometida por Colasberna que no conoce o no quiere oír de la ley de la lupara que irremediablemente le asalta a las seis y treinta cuando está poniendo el pie en el estribo de ese autobús repleto que el temor silencioso del sur vacía. Cualquiera puede ser el siguiente en ser astutato si la infamia lo merece. Y todos lo saben en esa dimensión fantástica que es la isla.
El continental Bellodi que como describe la mujer del podador habla bonito se mueve en la ciénaga de gentes como Zecchinetta, al que el bueno de don Ciccio, barbero del brigada, sabrá ponerle rostro. Malo será entonces llegar al punto sin retorno de esa foto en la que Diego Marchica o cualquier otro se abrace al onorevole de turno, porque entonces la línea de investigación se verá enturbiada por esas lechuzas que no duermen pegadas al teléfono de emergencia para apretar las tuercas a quien cometa una persecución injusta “nada digna de la tradición del Arma”.

El día de la lechuza. Leonardo Sciascia. Tusquets. Barcelona, 2008. 147 páginas.

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