“Calígula” en manos de L’Om-Imprebís

El encanto de los tiranos según Albert Camus

“Botitas”, que eso significa Calígula, apodo por lo menudo del pie que debía gastar cuando de niño acompañó a su padre Germánico en sus gestas militares, era un incomprendido. Camus quiso que el lector o el espectador, llegado el momento, entendiera que detrás de esa afición por mostrarse en majestad delante de sus súbditos, no había arrogancia o presunción, sino un hombre decidido a atrapar la felicidad y dar esquinazo a la muerte. Su error radica en querer que los demás sean dichosos a su manera y en cometer injustos actos para forzar esa ideal Edad de Oro. Albert Camus nos
expone así las contraindicaciones de la utopía y el poder omnímodos llevados al límite que le hacen afirmar ante su auditorio: ¿Y qué me importa una mano firme, de qué me sirve este asombroso poder si no puedo cambiar el orden de las cosas, si no puedo hacer que el sol se ponga por el este, que el sufrimiento decrezca y que los que nacen no mueran?”.
Estrenaron en una ciudad tan romana como Híspalis y aún están de gira por España, aunque por darles una referencia entre el 10 y el 28 de febrero estarán en el Teatro Talía de Valencia y del 10 de marzo al 11 de abril en el Teatro Fernán-Gómez de Madrid. L’Om-Imprebís en este montaje del director Santiago Sánchez con el que cierran la trilogía sobre el
idealismo, apuesta por una versión del clásico del existencialista francés en la que los sonidos de la percusión en la Roma imperial elevan el crescendo de la acción, contagiando al patio de butacas de esa indolente y casi siempre delirante energía megalómana de Calígula que en el momento de su escritura muchos conectaron a dos grandes locos, Hitler y Mussolini.
En cuanto a las interpretaciones, a Sandro Cordero le va que ni pintado
el papel de ese ególatra máximo que casi hace bueno a Tiberio y el resto del
elenco (Garbiñe Insausti, Gorsy Edú, Sergio Gayol, entre otros), ataviado en
una gama de púrpuras, ejecuta su rol de testigo para la vesania sobrevenida
del aclamado emperador, volcado en una destructiva insatisfacción que
arrastra a quienes le rodean, especialmente al personaje de Helicón, perfecto lacayo de todo dictador.

(Publicado en ACTIVA)

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