La posada de las almas

La Posada de las Almas. Luisa González. La Gloria y su olor a almendras garrapiñadas y al carajillo de Telesforo desaparecerá también, quedando bajo las aguas del pantano como una reliquia de bar de pueblo. Nadie podrá sentarse a contemplar las galanterías frustradas de Ambrosio a la dueña, ni escuchar la desazón de Adolfa, la telefonista, intentando no hacer ruido para escuchar esas conversaciones de otros. Peor lo tendrá María Madrazo -cruel ironía-, recién incorporada a la ortografía y la lectura y a la Poesía canina para mal de Miguel Luna, pues se perderá los mejores frutos de la cosechada biblioteca de Eliseo Soler, sumergida como el reino del capitán Nemo por la inmisericordia de los planes hidrográficos. Bastante tiene la sirvienta con apaciguar su insatisfecha maternidad y con vigilar los hábitos culinarios del desobediente Eliseo, harto de guisantes sin sal y prohibiciones de cafeína.
Sueños de colosalismo gubernamental a los que Gabino Gómez no les pondrá pega alguna, tras su estancia en las cárceles de posguerra. Al menos Cruz, la nieta del poeta, siempre podrá echar mano de esa caja de palabras, ya que no de los cuadernos de contabilidad de El Atardecer en los que su abuelo
sienta cada día un poema a su mujer fallecida, Cruz Sandalinas, en la columna del haber, hasta que la tragedia se impone y deja a Eliseo agarrado
a esa tabla de salvación de silencios que es su librito de cudrícula. Hay
días en que uno no puede ni pensar en calmar el desasosiego caminando hasta la Posada de las Almas y quizá haya que contentarse con saber que para gentes como la Dolz, la muerte anegada de Campos sea el conjuro que desate sus lazos con un lugar que ya no les pertenece.

La posada de las almas. Luisa González. Edhasa. Barcelona. 2010. 219 páginas.