Ordeno y mando

Una piscina en la que en lugar de realizar su rito bautismal, el antiguo Baptiste Bordave, ahora Olaf Sildur, observa a esas luciérnagas multicolores en forma de botellas de champán que la anfitriona guarda como provisiones gastronómicas. Una de esas mansiones en las que los habitantes disponen grandes ventanales para contemplar desde lo alto la  minusculez de la gente corriente. El protagonista nunca se hubiera imaginado  que imitar a un gato como Biscuit fuera la solución a la inapetencia de la bella  francesa con  trazas de sueca, exyonqui y agradecida más que enamorada del difunto millonario, ni que toda una serie de  cataclismos bloquearían su capacidad de razonar coherentemente y le conducirían, a bordo de un Jaguar, a una lujosa casa en Versalles donde deshacerse de su aburrida vida anterior.
Baptiste es sospechoso por tocar  y no auxiliar a ese extraño que se coló en
su indefinida existencia, apropiándose de su identidad, pero también víctima de sus propias lucubraciones, pensando unas veces como retornar a la normalidad, hasta que sutilmente se emociona definitivamente con esa
posibilidad de dejar de ser. Aquel comensal que hablaba de muertos
inoportunos seguramente no pensó en la opción de este intercambio de
rutinas, que abren a Baptiste  un universo de sensaciones con soniquete de
llamada y el sabor de los mejores caldos. En realidad, Nothomb nos secuestra la atención hasta la última página, porque todos hemos sentido la tentación de abandonar a nuestra Penélope y perder la memoria con los lotófagos, aunque nunca la libertad llamó a la puerta con excusas tan malas.

Ordeno y mando. Amélie Nothomb. Anagrama. Barcelona. 2010. 153 páginas.

Anuncios