El secreto de sus ojos

Porque una pasión no se abandona nunca

Más allá de ese travelling espectacular en el estadio de fútbol por el que ya merecería la pena ver la cinta de Juan José Campanella, la película la sostienen las interpretaciones de todo un elenco que encabezan Soledad Villamil y Ricardo Darín, pero en el que no nos extraña que se denomine participación especial la de Guillermo Francella. Sandoval, ese hombre de gafas de pantalla de televisión, pelo grasiento  y costumbres tabernarias decide entregarse; no tiene nada que perder. ¡Quédense con eso, con las decisiones absurdas que a veces tomamos y que suponen un antes y un después en la memoria de los otros!  Porque aparte de que esté nominada al óscar a la mejor película extranjera y de contar con una trama argumental policíaca muy bien hilvanada, “El secreto de sus ojos” es sobre todo, una película que le hará pensar en estos personajes que se mueven entre silencios, a los que les pueden sus pasiones y que, sin embargo, acompañan al espectador de una manera muy sutil a través de la historia reciente de la Argentina con esa lectura maliciosa de cómo los asesinos quedan limpiamente incorporados al sistema de Isabelita Perón. Eso en la película más taquillera del país austral de los últimos 34 años.

La trama de “El secreto de sus ojos” se articula en torno a un crimen de los que se dan por cerrados a carpetazos, el de Liliana Colotto, y en el que un funcionario de la judicatura, Benjamín Expósito, por una funesta casualidad debe encargarse de la investigación de la violación de la joven. El ultraje de la esposa del precavido bancario Morales no abandona a Expósito, marcado por los sucesos conexos con este ultraje cometido hace ya 25 años. Junto a la acción, todo un paisaje cumplido de esas minucias cotidianas: el bar donde buscar a Sandoval rodeado de parroquianos, la puerta del despacho de Irene que sólo se cerrará cuando haya que abordar temas personales, la máquina de escribir con la letra “a” agarrotada o el hombre detenido en eterna espera de su rival, sentado cada día en la estación del tren… Y en el trasfondo la condena de la incomunicación entre las distintas figuras de la narración fílmica, por la distancia de clases entre Benjamín y su jefa, con esa adoración no resuelta más que en esa abrupta separación de trenes que recuerda a “El túnel” de Sábato o del verdugo y su víctima, invirtiendo sus papeles en un final que no les contaremos para que vayan a leer en los ojos de todos los protagonistas, porque además de solucionar un crimen aprenderán de la impasibilidad de la naturaleza humana y de quienes contravienen la norma para sanear el dolor, evitando que supure.

(Publicado en ACTIVA)