Epitafio

Paloma González Rubio, EpitafioManu ha dejado de ser empático, porque tras esa falta de amabilidad arde una necesidad de ser más él y menos impostura. Pero en esa ausencia de ficción, pierde las limitaciones de la cortesía y en el trance decide deshacerse del lastre que supone el álbum de fotos familiar. Susana, en su mutismo de artesana no entiende nada…, quizá si rebuscara con más calma entre las imágenes de ese pasado que su marido está purgando habría dado con esa lápida de Zermatt que habla de caminos bifurcados, de lo mío y lo que no puede ser nunca tuyo…

Esa crisis recuerda a la de los personajes de Perec, determinados a conseguir el aumento de sueldo, aunque sea repitiendo maquinalmente la misma
escena, aunque aquí, el paisaje lo anima la presencia de su compañera de
oficina Sonia, con ese padre diletante de filósofo saltando por los aires
del tractor. Manu va a romper con la domesticidad poniendo distancia con esa mujer que observa estupefacta a un hombre a punto de mearse sobre sus
recuerdos. Pero claro, quién soporta los armarios heredados que nunca pudo entregar al chamarilero, o las pretensiones de artistas de medio pelo
usurpando la genialidad con proyectos falsamente colectivos… El hombre que regresa tal vez no sea el mismo que quedó cegado por una luz diáfana esa mañana de convertirse en mirada de cámara fotográfica y sin embargo, no puede desterrar el olor a humedad de su casa ni siquiera en la asepsia  de
los brazos de Clara en los que busca diagnóstico a esa impermeabilidad que
le ha brotado de tanto silencio concesivo.

Epitafio. Paloma González Rubio. Ediciones de la discreta. Madrid. 2009. 169 páginas.

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