No llegaré vivo al viernes

La verdadera partida se juega en Las Mil Millas. Al menos allí Tito y Camilo saben que para jugar es necesario disponer de cambio abundante para que el normal discurrir no se interrumpa de forma indeseada, que hay figuras sin centro de gravedad como Chisco o que lo pierden como Jacinto una vez que han sabido encontrarse con su yo erguido en su nueva masculinidad adquirida tras su visita al bar de Mulatito, empujado a un desastre inminente por una mujer, Violeta, ciclotímica de chalet.

Las barras del futbolín deben estar bien engrasadas o al menos parecerlo y así es la rutina de Milo, convencional, de abogado, con miedos recientes por el embarazo de la pecosa Noelia. La rivalidad de los dos antagonistas puede ser la del Sporting de Gijón y el Real Oviedo, la que marca la diferencia entre ir disfrazado de funeral por la vida o ir subiendo en la liga de la vida y que mantiene la meta de Tito habitualmente franca al paso de la suerte.  Ligó la suya a un caballo del que hubo de descabalgar, sin que eso le haya reportado otros encontronazos que los del Musgosu o el sudaca Walter, ángel exterminador circunstancial del narcotráfico. Aún  le quedan prubinas que compartir con Lorena, la mujer de Borjita, y a ella, chantajistas en pie como Rogelio decididos a vapulear el saco de perras más cercano.

A Camilo se le tuercen las cosas y debe evaluar los daños en una contabilidad nocturna de incriminaciones y condenas, delinquiendo si hace falta, para que toda la rabia se descargue con un saque sin descanso para las muñecas o la vista, despistando el marcador de la existencia.

No llegaré vivo al viernes. Nacho Guirado. Ediciones B. Barcelona, 2008. 289 páginas.

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