África en silencio

Un paseo por una medina puede descubrir al turista muchos souvenirs que llevarse a la maleta, pero para el viajero puede significar una almacén de rostros, un archivo de colores, una biblioteca de vidas y un compilador de costumbres. O puede darse de bruces con un personaje de identidad indefinida que le cante la gesta de un tal Yuder que en 1591 conquistara con 4.000 moriscos españoles el Tombuctú de los songhai, fascinados por las mujeres rollizas, para su señor Almansur.

Todo eso es lo que el autor, un profesor universitario granadino, va arrojándole al lector, miguitas en el camino para llevarle hasta la meta, una aproximación personal a un continente del que habitualmente sólo conocemos sus epítetos más comunes en el diccionario televisivo: miseria y desgracia. Villar se enamora de baobabs, del Níger omnipresente, de mujeres vestidas de llamativos bubús y cosidas en nombre de un deseo que hay que apagar y nos cuenta sus experiencias de bar con contrabandistas, traficantes de armas, en un paisaje de personas que mueren al pie de las calles qua habitan edificios de fisonomía europea con el adobe que resiste a la sequía en el Malí sojuzgado por la dictadura de Moussa Traoré. Villar enferma de África, de ese aroma a polvo y estiércol de los poblados, de esas tumbas innominadas, de esas noches en las que el sueño que llega tras recontar los mosquitos sobre unas sábanas tan húmedas que repugnan casi tanto como el putiferio de Birni Khonni. Pero está también ese África que te abraza, de sus danzas yaake, sus matrimonios concertados (worso) y sus ejércitos populares que ponen y quitan gobiernos como haboob que arrastra las dunas.

África en silencio. Manuel Villar Raso. Almuzara. Granada. 2005. 254 páginas.   

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