El Madrid de Josep Pla cobra nuevo aliento

¡Colóquese en el centro de la exposición, de pie, sobre el callejero de Madrid, trazado en líneas rojas y tal vez empiece a entender el sentimiento de pérdida y las tribulaciones de un sabio aldeano en Madrid! Pla traspasa con su prosa ágil esas líneas rojas de la respetabilidad, contagiado de la perspectiva unamuniana de “Contra esto y aquello” y clarividente al sentenciar que “si hay algo tan demagógico como los política son los periódicos de hoy”.  

“Josep Pla es el autor más leído en Madrid o quizá es que a los catalanes de aquí les dan unos ataques de añoranza terribles que curan viniendo a Blanquerna a comprar Pla; queda en cada uno verificar cuál de las hipótesis es la buena”. José Cuervo, delegado del Govern en Madrid, presentaba de este modo la exposición de un debutante, un periodista enviado como corresponsal a Madrid por dos diarios catalanes, “La Publicitat” y “La Veu de Catalunya”, Josep Pla. De esa experiencia nacerían dos de sus libros, “Madrid 1921, un dietario” y “El advenimiento de la República” y una vivencia que el payés universal, en palabras de Umbral, sazonará de ácida indiferencia quizá, porque como recogen los prologuistas del catálogo de la muestra del Centro Cultural Blanquerna, en el fondo a Pla no le gustaban mucho las ciudades, “algo bastante comprensible conociendo la calidad del entorno de su tierra natal”, en opinión de Cuervo, para quien “posiblemente la paleta de escritor de Pla cuando hace de cronista es mucho más incisiva, pero mucho menos brillante a los sentidos y a los ojos que cuando hace de paisajista del Ampurdán”.

 Así que ni Madrid, “ese pueblo manchego” donde el escritor observa con asombro la obsesión de sus vecinos por aguardar en la calle el paso de las carrozas reales y otras escenas de la política nacional sin que perciba en ellos un atisbo de interés por los asuntos del Estado más allá de un recortar cromos de famosos y para los que propone una fuente, obra de saneamiento y utilidad para mejor tenerlos entretenidos. Ni Barcelona, esa ciudad de luz cruda e indecisa en salir del provincialismo de la que sólo salva “el amarillo escandaloso de la tortilla del Empalme y el culo pelado y rojo de los traseros de los monos” en su primer viaje infantil a la Ciudad Condal, llena de urticantes edificios modernistas.

Con la pretensión de ayudar a pasar con nota una de las “asignaturas pendientes de la cultura española, el estudio de las relaciones que sostienen entre sí  sus diversas lenguas, y por lo tanto, sus diversas literaturas”, según el comisario de la exposición y catédrático emérito de Literatura Catalana de la Universidad de Barcelona, Joaquín Molas, “El Madrid de Josep Pla” rescata la estancia del autor del “Cuaderno gris” en la ciudad que “se le fue a Pla como un toro de lidia sin torear”, según Andrés Trapiello en el prólogo a la edición de “Madrid 1921” publicada por la Asociación de Libreros de Viejo. Una oportunidad de recuperar al escritor de Palafrugell releyendo  obras como la de Ignacio Buqueras, “Pla, el seny irónico”, virtud que el autor de “La vida amarga” definía como la “imposibilidad de decir”. No será ése su principal mérito en la Corte donde el periodista catalán reserva sus sarcásticos comentarios para los tertulianos del Ateneo, Gómez de la Serna o Rusiñol y sus alabanzas para Cambó, Marañón o Azaña, acerando ya tan tempranamente su postrero escepticismo que le hace declararse incrédulo respecto de la utilidad de las revoluciones.

No es ésta, la de traer a Pla a Madrid, una decisión aislada, ni por lo que se afirma de su tirón para las ventas, arriesgada y forma parte de un ciclo en que el Centro Cultural de la Generalitat catalana en Madrid ha traído al gran público “la obra de catalanes que han desarrollado  parte de su vida a caballo entre Madrid y Barcelona como Terenci Moix, Rusiñol, Carandell, Marsillach  y que a través de sus visiones renuevan el diálogo entre ambas culturas”, según recordó José Cuervo.

La muestra, a cuya inauguración asistieron la directora de la Fundación Josep Pla, Anna Aguiló, y el alcalde de Palafrugell (Girona), Sergi Sabrià, se compone de ocho apartados: el marco histórico de la muerte de Dato en la República; tres capítulos en torno a la cuadrícula urbana; uno sobre los cafés y sus tertulias y tres más sobre la geografía humana, desde el funcionariado hasta la iconografía política y literaria del momento. Además de una serie de mesas redondas en las que hasta el próximo 14 de abril el historiador y crítico Joaquim Molas, el escritor y periodista Andrés Trapiello, el economista Luis M. Linde, la escritora y profesora de la Universidad Autónoma de Bacerlona, Marina Gustà, Andreu Teixidor, responsable de la editorial online Bubok, el decano de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Pompeu Fabra, Josep Mª Casasús, el director adjunto de “La Vanguardia”, Enric Juliana, J.M. Castellet, escritor, crítico literario y editor y Ramón Pla, escritor y crítico analizarán las luces y sombras del escritor y periodista ampurdanés; el Pla de antes y el de después de la guerra; su faceta periodística y por último, su obra como memorialista. Fragmentos que completan la imagen pública de Pla, siempre en riesgo de caer en el tópico y contribuirán a que cada lector y visitante construya su propio Pla, un gran tipo -como sus homenots– que escribió para sus contemporáneos, sin más pretensiones que las de contar su deambular por los paisajes y las gentes, retratando los murmullos de calles y lugares, pero al que el tiempo le ha colocado, con boina y todo, en la historia de la sensibilidad universal.

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