Poseo mi alma

Vita da alas a Potto, el animal de la carnalidad entre la sufragista Virginia y su amada Sackville-West, evidente bajo la coraza de Orlando, hombruna en su desprecio por un amor con exclusividades, aunque la autora de “Al faro” se lo perdone todo a la que a veces le hace sembrar sus intersticios de agujas. Woolf  sufre la agresión en el voluptuoso escenario de Talland House y ya no hay espejos sin hocicos de bestias.

Ginny ama al profeta Leslie, su padre, y bajo su tutela recita paseando las Odas de Píndaro. La atmosférica señora de Leonard Woolf , el misántropo lobo de Bloomsbury, se inventa con su hermana Nessa, esa “jarra de oro llena de agua hasta el borde” que no se derrama, la liturgia de la libertad alumbrada en Gordon Square.

Los locos eligen Rey porque la escritora necesita desesperadamente volver a engancharse al pecho del que la destetaron precozmente y el judío educador de salvajes en Ceilán es una buena madre para la señorita Stephen. Virginia no se encuentra bien y oye pájaros que cantan en griego y al rey Eduardo diciendo procacidades: Leonard, atento siempre intuye con su frígida esposa los efectos terapéuticos de esa prensa hallada en la pastelería a la que los lectores tenemos tanto que agradecer.

Un libro que analiza la evolución en el encierro de esta “hija del hombre culto” que hace el envite al hombre de combatir contra sus propios atributos de masculinidad violenta e idólatra en un sendero que ella misma recorre para no ceder ante nada, ni siquiera ante ese dios caído del pedestal que es el varón. No queda más remedio para Virginia que transformarse en esa mujer que parece un alga para resistir a esa realidad que es demasiado fuerte para ella.

Poseo mi alma. Nadia Fusini. Siruela. Madrid, 2008. 378 páginas.

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