El colombre

Hay chicas precipitadas desde rascacielos en las que creemos apreciar las ropas arrojadas por Sylvia Plath en “La campana de cristal” matizadas por el color de la ironía del italiano. Hay perros vacíos que ya no son la herencia emocional de la pareja, sino más bien el perro en la arena de la pintura negra del sordo. Hay madres coraje que suplantan la personalidad de quien haga falta para que su hija sea una más entre las buscadoras de huevos. Hay volutas de cigarrillo de los santos que dejan un rastro a UFO que apesta y santidades que se abandonan por una existencia con esperanza.

Pero sobre todo en estas narraciones lo que hay es una constante pregunta por la trascendencia a la que juega hasta el autor en esas cartas a su director del periódico y en esa vida desdoblada del que entrega lo mejor de sí a las llamas de la obra impublicada para parar de alimentar a la fiera de la envidia.

Hay frailes como Celestino que en su eremitismo atiende la soberbia y amores de gran cilindrada como el de Stefano. La respuesta a esta desorientación está en el miedo que abre el libro catasterizado en animal mítico que nos acosa infatigable. Siempre el viento de aliado y la fe ciega envuelta en sumisión al ser amado que nos ofrece las delicias de la muerte en pastelitos con cereza.

Hay torres inacabables más allá de la cota de los 300 metros por las que rondan las ciudades invisibles de Calvino que también reside en prendas embrujadas y pandilleros juveniles que amedrentan a una ancianidad anticipada a los cuarenta ¿no serán los chicos de Burgess? 

El colombre. Dino Buzzati. Acantilado. Barcelona, 2008. 380 páginas.

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