El sexo y el espanto

Sexo temeroso. Es la herencia que nos queda por la intromisión romana en los usos amatorios. De no haber actuado de transmisores de la cultura griega puede que nos quedara el ludismo heleno, pero llega Augusto y se encuentra con una natalidad decreciente a la que pone freno implantando una legislación que quiere solventar un problema demográfico y termina por asentarse en la moral cristiana que hace de ello estandarte dogmático. Las orgías se limitan numéricamente, el adulterio, el celibato, la violación, se perciben negativamente, no por una concepción contraria a las relaciones placenteras, si no porque entre sus objetivos no está la repoblación con la que el emperador quiere reinstaurar la grandeza perdida, ante la instigación de los cultos religiosos extranjeros que cada vez se hace mayor sitio en los libidinosos ciudadanos de mirada oblicua. Quignard expone las normas de sumisión del sexo donde la ama debe ser dominatrix respecto al esclavo, siempre y cuando se encuentre encinta, para no interferir en la gens y éste someterse a los deseos del dominus de anxia corda. Son los tiempos de la impudicitia y lo trágico –legado etrusco que asocia goce y muerte por la languidez que acomete al anima como escribe Tertuliano y porque atrapada la presa el taediun vitae amenaza con extinguir la excitación de los prolegómenos- por contraposición a la anacoresis y el cunnilingus de Tiberio, mente sagaz para diseñar entretenimientos sexuales en los que la presencia de los impúberes y los coitos en cadena son la pauta. El remedio para este deseo que huye está en azuzar el apetito a través del alborozo estético de las artes en las que el receptor es sodomizado vicariamente por el autor, placer especialmente para las mujeres que deben suplir con sustitutivos la decadencia del hombre en pleno período refractario. Una carencia común a lo largo de la historia: la de la imagen de la cópula, el acto sin presente visual.

El sexo y el espanto. Pascal Quignard. Minúscula. Barcelona, 2005. 240 páginas.

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