El enamorado de la Osa Mayor

Muchos quisiéramos relatar nuestras andanzas como este personaje. Con él nos embarramos en las ciénagas, sufrimos el viento derrotarnos en la caminata y casi nos parece golpearnos los muslos al ritmo de las canciones del acordeonista Antoni. Jósef Trofida, el Lord, el Mamut, Jurlin, los salvajes y Saszka, son sus jefes en este ir y venir por la frontera: a veces con paso franco, otras, sorteando a los palurdos que les quieren birlar las portaderas, huyendo de los sorches, la centuria negra, los caravinagres, otras haciendo changas, fingiendo asaltos inexistentes para sacar más partido a estos matutes con los que transitan por esas noches de lobos.

Tras las arriesgadas partidas de contrabandistas están comerciantes judíos como el Ansarero, protector de este Wladek, primero inocente en sus primeras incursiones en la frontera y receloso a medida que va probando el sabor de las penurias chequistas a las que le conducen unos pies tras una cortina y la pasión juvenil por Bombina, una de sus siete estrellas. Felek el Pachorrudo, Wanka el Bolchevique, Bolek el Cometa, el Elergante, Julek y Pietrek, el Chupete, el Rata…, viven al día, respetando esa ley no escrita de dejar en casa el naga, de no llevar nada de color claro que puedan avistar los batallones soviéticos, de no mancillar a las mujeres, salvo las que se dejen y de defenderse unos a otros como un todo. En ese paisaje feroz de hombres de una pieza, los cinco hermanos Alinczuck son los que rompen la cuerda, con su delación, sus modales de pisaverdes y ese castigar a las mujeres con su desdén. Nuestro protagonista se disputará con uno de ellos, Alfred, la atención de Fela, esa morena de la arruguita en la frente, la hermana del rey de la frontera, Saszka, una más en esa constelación que siempre debe dejar a mano derecha.

El enamorado de la Osa Mayor. Sergiusz Piasecki. Acantilado. Barcelona, 2006. 503 páginas.

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