¡Échame una mano!

Nunca habría imaginado que la noche nos la trae alguien, ni que la tarea de alumbrarnos supusiera un trabajo casi de oficinista. Pero acabo de descubrir que para que se haga la luz y sigamos viendo esa luna en porciones, un hombre debe amarrarse a la vida, atarse con lo que sea, con las manos incluso, fuertemente, hasta destrozarse los brazos si hace falta.

Y ahí lo tenéis, agarrado al suelo por su propia voluntad, resollando al subir las escaleras que le conducen al exterior, camuflado detrás de ese gabán y sombrero y con unos ojos deudores de Peter Lorre en “M, el vampiro de Düsseldorf”. Un aspecto siniestro que, tras cruzar ese umbral de película expresionista, elige hacernos felices. No es tan difícil y para lograr arrancar una sonrisa al otro, ni siquiera se necesita tener los brazos colgantes. O quizá sea solamente un chalado que se ejercita en dibujar de lejos redondeces, hechizado ante lo único que es capaz de desterrar la sombra de una mirada torva. En cualquier caso, creo que voy a dejarme las mangas del próximo jersey largas…, nunca se sabe.

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