La risa del ogro

Una caricia a la cabellera de los Tres Leones es el preludio de uno más de los chispazos de luz y desasosiego entre Paul y Clara, dos seres anclados en ese enigma de Kehlstein que una plasma con chiquillos bebiendo de una negra boca de riego y el otro con una primera “Soledad”, seguida de sus intuiciones sobre lo que oculta “El vientre de la bestia” para llegar a cincelar “La risa del ogro”.

Cuatro años después de la última cita en Rodas la corresponsal de guerra muere sin aliento, víctima de una bala rebotada en plena Intifada, aunque la vida de los dos adolescentes unidos por este intercambio estudiantil en un país que amanece de la guerra sea un perpetuo ahogarse. Incluso saboreando los estertores amargos que corresponden a otros: al padre de Clara, al doctor Lafontaine, que deja en su hija el remordimiento de esa judía entregada a la muerte o el de Moritz, oficial de la Wehrmacht que lleva de la mano a los corderos ucranianos para años más tarde internarse en el bosque con las criaturas celestiales que ansiaba el ogro.

Ni Jeanne, ni Max Kunz lograrán desencantar el maleficio que pesa sobre este Philip Marleau de pega que ve el mundo desde la distancia de un detective fallido que sólo al final intuye el misterio de no haber sabido respirar la felicidad a pleno pulmón, residente eterno en el parque Luxemburgo junto a la reina Batilde o en el sendero que separa la edad adulta de la de los escarceos bajo el granizo de un pueblo oscuro como sus silencios en el hilo continuo de la maldad de una imagen  que queremos ver borrosa.

La risa del ogro. Pierre Péju. Salamandra. Barcelona, 2008. 284 páginas.

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