¿Manufacturamos también nuestros corazones?

No sé si los confeccionamos a mano, pero lo que aún es cierto es que las mujeres continuamos manchadas de una filosofía turbia de cuentos de hadas en los que ellas, siendo protagonistas o secundarias, eran funcionales para historias de hombres. Cenicienta era la perfecta sirvienta de su familia, hasta que lograra serlo del hombre que la estaba esperando, Blancanieves, peligrosamente bella, terminaba en brazos del príncipe que la despertaba de su sueño de despreocupación por el paso del tiempo para devolverla a las rutinas diarias, Caperucita servía de mensajera de viandas, sin que en su inconsciencia se cuestionase por qué debía internarse en un bosque habitado por un lobo. Y con todos esos tópicos de mujeres a la espera, había que plantear ya que la ideología del folclore popular, estudiada en tiempos por Hugo Cerdá, exigía una puesta al día que la ministra de Igualdad ha querido defender ante el congojo de muchos, ultrajados porque les destrozan la tradición. Mientras permanezca ese temor a la innovación, nuestro futuro no será muy diferente al de ahora, muñecas rotas con las que jugaria Bellmer, a las que sólo la determinación nos hace escapar en bicicleta de esos galanes ficticios que buscamos sin entender muy bien las razones.

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