Retorno 201

Está al ojeo de su personajes apostado en su casamata al otro lado del río Bravo, aunque Faulkner le salga por las costuras de esos fluidos mentales. Son figuras despojadas de esperanza, que se mueven por la urgencia de dinero como la viudita dispuesta a desabrocharse lúbrica en el despacho de Ramiro si con eso salva lo poco que queda de ese Juan mastodonte en cuartucho. Rostros deshumanizados como los pillastres que de tanto saciar su calentura en la indefensa Lilly acaban con ella, vientres llenos de deseos animales. Historias en perspectivas coincidentes como la de Rat y Vikingo, cabizbajos a la brutalidad, relatos encadenados como el de una alucinada noche de sangre para deshacerse de un cadáver que tiene su continuidad en la tenebrosa requisitoria de dos policías en busca de la mordida en casa del mismo doctor, un ser que ve cielos azulados que rememoran madres muertas por un legrado, pero que practican el volteo y regreso a la partida de cartas con el único recelo de que no se entere su Carlota. Muertos obcecados en seguir departiendo con las tascas con los vivos y vivos que se dejan pudrir gracias a la artera picadura de una garrapata que les ayuda a manifestar su desgana de seguir. Patadas que desgarran un recuerdo engrandecido por la ausencia y propinadas por un envolvente complejo de Cronos-Edipo que se restriega de cama en cama para quitarse los olores a perpetuidad no deseados. Rencillas escolares –y de eso sabe quien perdió el olfato a golpadas- de las de te voy a romper la madre, brotadas de un lapso histórico o la sátira de ver los ojos a la muerte, mientras el presentador cacarea el mejor premio de la noche. Tan visual como violento, tan brutal como esos recodos de barrio en Retorno 201, dejando las comas para quien no haya visto su cine y quiera hacer arqueología.

Retorno 201. Guillermo Arriaga. Páginas de espuma. Madrid. 2005. 151 páginas.

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