En el nombre del cerdo

En el nombre del cerdo, de Pablo TussetSi superan el malestar de imaginarse el despiece que tan despaciosamente nos cuenta el autor, luego podrán flotar en el agua hirviente de una historia con muchas sorpresas. La del comisario Pujol que cada vez se les hará más entrañable, sobre todo en las escenas playeras o en la transformación que le llega con el retiro, la del aprensivo o al menos poco versado Varela, la del taciturno Tomás o el psiqui Puértolas.

Una novela con estructura salida de un cuadro y tres niveles diferenciados –paraíso, mundo e infierno- que van extremando cada página sus perfiles. Siguiendo las investigaciones de este tétrico caso al lector se le saltan las uñas al dejar a Tomás, ese fingido Pedro Balmes, en medio de ese lugar sin esperanza que es San Juan de Horlá con Rito el mellado, Malacaín el alborotador, Robocop, la Pija del Pub –una curiosa Madame Bovary con otros tóxicos para el olvido-, Heidi la Sueca en su papel de la Casandra local, el carnicero, el curilla abiertamente marica… Un desdoblamiento captado por la aguda mirada del policía destinado en lo pequeño, después de haber estado en la ciudad del Imperio. Será allí donde se dará cuenta de la nula trascendencia de la destrucción de ese Paraíso perdido a volumen bajo en una tarde de otoño que despierta, allí donde la realidad se hace demasiado pegajosa para poder ser usurpada.

No podemos dejar de mencionar lo audiovisual del texto, plagado de referencias actuales, casi de guión, con fragmentos en los que la descripción congela el momento como en los encuentros de carita de mono, Susana Ortega y T.

En el nombre del cerdo. Pablo Tusset. Destino. Barcelona, 2006. 443 páginas. 

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