Puertas abiertas

Un pequeño juez a latere demuestra la grandeza de sus convicciones oponiéndose a aplicar la pena máxima para un delito no político en la Italia fascista. Sobreponiéndose a un cúmulo de papeles y escrúpulos sigue la estela de Giucciardini y defiende el no sentirse juez de sus semejantes al modo de Don Quijote liberando a los galeotes. Una quijotada en una sociedad regida por un fascismo sísmico donde la vida tranquila significa una intranquilidad permanente para quienes la persiguen. El juez se debate mentalmente entre la imposición de la pena de muerte al reo de tres asesinatos, o mejor entre el merecimiento de ese castigo y su aplicación, poniéndose en la piel de los miembros de un jurado no técnico, sometidos a una sala de sesiones desagradable visual y olfativamente.

Esas puertas abiertas en la noche no son si no la confirmación del silenciamiento de la voz pública durante el día con un régimen en el que se penaliza a los tibios, descontentos e indiferentes, categorías en las que se incluyen casi todos los italianos. El juez desmonta argumentaciones pietistas como ese don otorgado al preso del contacto con el infinito en una sala donde el enlucido de las paredes no acalla las inscripciones de los presos de la Inquisición. El talante bestial del acusado y la amenaza soterrada de arruinar la carrera del protagonista, por mor de ese fascismo “un punto en el mapa imaginario de la estupidez humana”, pugnan por convencerle de cambiar su dictamen. 

Puertas abiertas. Leonardo Sciascia. Tusquests. Barcelona, 2005. 132 páginas.