Los muertos que nos roban la identidad

Lo que más impresionaba de la manifestación a favor del juez Garzón no era la cantidad de gente de izquierdas en una manifestación, porque ya se sabe que la derecha suele ser más activa en esto de protestar cuando los que fallan son los otros, mientras que los progresistas prefieren desfogarse en la crítica interna y abstenerse de salir a la calle, por exceso de iluminismo. Lo más llamativo era que muchos de los convocados encontraron en esta manifestación la oportunidad de sacar a la luz las imágenes de quienes durante muchos años fueron tan sólo sus muertos y ahora forman parte de un todo, el de los represaliados en la guerra civil. Había pancartas con mensajes emotivos con uno o varios nombres y una fecha, a veces el último documento conservado de ese pariente, donde se menciona su detención, los más una foto.

Independientemente de que Garzón sea un mal instructor –tal vez para esas labores los jueces debieran tener apoyo y centrarse en las tareas de dictar sentencia, menos administrativas-, una gran parte de la sociedad civil – a Pilar Cernuda le molesta decir que es toda ella en su conjunto-, no comprende que el juez que ha querido repetir la operación que ya hiciera en Argentina y Chile, encausar a los culpables de delitos de lesa humanidad, se siente en el banquillo. En cambio, si parece ser la sociedad civil quien reclama que se derogue la ley del aborto o quien está cansada de Zapatero… Quizá Garzón dedujo precipitadamente por lo visto que los españoles estábamos ya preparados para echar la vista atrás y poner luz sobre una etapa de nuestra historia que se cerró en falso. Y no hablo de nuestros mayores, sólo tengo que hacer memoria y verme discutiendo con mi amigo Manuel en la cafetería de la Facultad de Periodismo, sobre culpables e inocentes. Olvidamos que la sangre como bien decían los griegos en sus tragedias necesita ser escuchada, pero no al modo que piden las Erinias, diosas de la venganza, sino desde la racionalidad de dar sepultura a los nuestros, porque en su descanso está nuestra paz.

Cuando pienso en lo absurdo de la guerra fratricida que hubo en mi país inmediatamente me viene a la cabeza la figura de mi padre que, detrás de un voto de derechas intenta silenciar una ideología basada en la justicia social. Tal vez sea esa la peor herencia que nos dejaran tantos años de guerra, represión y dictadura: la imposibilidad de mirarnos frente a frente y defender nuestras convicciones. Porque muchos como mi padre, hijo de un monárquico y casado con una hija de republicano, se vieron obligados a respetar la memoria de los suyos –así que nada de veleidades sindicalistas-, perdiendo la libertad de ser y sentir por ellos mismos.

Plataforma de apoyo al juez Garzón.