Obsesiones mortíferas

Nos ponemos cómodos, preparamos el instrumento, que no son las agujas, sino las manos, y con esa paciencia que suena a reloj nos adentramos en una pasión que zigzaguea a nuestro lado. Densa, extensa, nos es difícil acabar con ella, porque en la finalización está la incertidumbre, así que, optamos por proseguir con febril entrega. A veces, oscura, otras veces con mayor claridad, la labor ocupa nuestro tiempo, nuestras horas y nos hace perdonar que el paisaje sea yermo. No hay nada más allá, ni tampoco nos lo planteamos.

Empujamos con los pies los grilletes de nuestra cadena, sólo para no ver que al final de ella está la bola de hierro… Atusamos el tejido de nuestras relaciones, para que no se diga que continuamos en ellas por rutina y repetimos mecánicamente los tics tantas ocasiones ejecutados, sin innovaciones, sin dudas, sin variaciones que alteren la paz del que no se pregunta.

Y llega el momento en que, en el otro extremo de la cuerda, alguien tira, porque el sabor del precipicio es más sugestivo que nuestra cercanía y entonces, tensamos la trama, pero solamente lo suficiente para que el otro sepa que sabemos de su tentación por saltar más allá de nosotros. Ocurre entonces que el prisionero, porque ya se ha empezado a considerar así, recorre con ansia el camino a su abismo y nosotros comenzamos a cambiar el gesto, a tirar con más fuerza, a volcarnos sobre lo que dejó de ser un día tras otro y ahora es una lucha a brazo partido. Sin abandonar nuestro trabajo, buscamos el hilo de nuestras preocupaciones, sin darnos cuenta que con ello, estamos dando alas a esa huida, para percatarnos que, en medio de lo habitual se ha instalado el vacío.

¡Pero no hay que derrotarse ante la evidencia y aunque veamos que el contrincante ha emprendido ya su camino por otra senda, peñas abajo, no nos damos por vencidos! Con más ahinco aún, nos mantenemos como siempre, sin cambiar, máquinas de lo que nunca nos hizo cuestionarnos nada, a pesar de que haya demostrado conducirnos a estar cabeza abajo y con pocos recursos.

Reculamos un poco, lo bastante para lograr estar erguidos, mientras en el aire el otro ha decidido volar lejos cual cometa, más que arrastrarse para hallar su propio espacio. Y como no somos capaces de ver que la materia de lo que fabricábamos a medias se ha terminado, agarramos desesperados lo poco que nos queda, tratando de encontrar algo más con lo que seguir adelante. Empeñamos lo mejor de nosotros mismos en el último intento, pero ya no basta; el momento de cortar con la obsesión ha llegado. Afortunadamente todavía nos quedan ganas de luchar y a rastras acabamos con la enfermedad que daba sentido a nuestras vidas. Arrojamos lejos esa debilidad, pero los mecanismos de la compulsión siguen ahí, por eso, tras un respiro de alivio, volveremos a equivocarnos, hasta que le pongamos remedio…

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