Chicago, tan delincuentes como cualquiera

“Tanto ruido ocultará la verdad” canta nuestro Billy Flinn hispano, Manuel Bandera, en el musical “Chicago” que ayer fui a ver con más desinterés que otra cosa. A cualquiera que siga la actualidad con más o menos detalle la frase la habrá resultado reveladora de las tácticas empleadas por el partido de la oposición para silenciar los escándalos de corrupción que brotan en sus filas como las habas mágicas del Juanito del cuento. Alguno querría trepar por ellas, aunque hubiera de enfrentarse a gigantes, antes que rendir cuentas a la judicatura que parece no respetar a nadie, ni siquiera al yerno de Aznar.

Retomando la reflexión con la que abrí, no es que desprecie el género, pero debo aclarar que me siento más cercana a otra tipo de espectáculos y que los saltos, los alardes vocales y las sonrisas seguras me interesan poco. Sin embargo, me llamó la atención el subtexto de la obra, porque allí donde aparentemente sólo hay una comedia simplona de chicas poco tapadas encontrarnos una completa argumentación sobre algunas de las dolencias de la sociedad actual. Por lo pronto, tenemos a las muchachas, mucho más sugerentes que el coro de muchachos, por la inequidad de género vigente: lo que para ellos son transparencias en el tren superior, en la vestimenta de ellas se convierte en apreturas y ceñimientos en todas sus dimensiones.

Pero sigamos… Al inicio de la trama  las chicas relatan una a una los crímenes por los que fueron encausadas y condenadas a penas de prisión; los malos exégetas interpretarían esas crueldades como un merecido ajuste de cuentas de las mujeres contra los represores habituales, los hombres, pero no nos equivoquemos, sigue siendo violencia de género y el que ellas se muestren seductoras no las exime de la monstruosidad que significa considerar a sus parejas trofeos de caza que solamente pueden colgar en sus chimeneas.

Prescindiendo del análisis de género, entramos seguramente en el debate más interesante, el de la identidad; porque “Chicago” es un musical, pero además una pieza donde nadie está conforme con el rol que representa. Tenemos a Velma, esa artista de segunda que, a fuerza de no reconocerse y simular ser una mujer dura y sin escrúpulos, se convierte en una fracasada, envidiando de cerca a Roxie, una chica de pueblo, con ansias de triunfo que se casa con un perdedor, Amos -al que mencionaremos más adelante-, y busca la satisfacción en los brazos de otros hombres, anhelando en realidad salir de esa via que la asfixia. Como decíamos, su marido es el “hombre de celofán”, probablemente una mala traducción que pretende trasladar su invisibilidad, si bien este material nunca pueda pasar inadvertido, porque el celofán “llora” cuando se siente presionado, al plegarlo. Por supuesto, está la periodista de sucesos que, desgrana en clave de folletín las desgracias de las reas y tras la que se esconde un hombre. Y nuestro galán, el abogado defensor de las causas injustas que, hace todo por amor, pero nunca se olvida de cobrar cuantiosas facturas a sus clientes, vamos, como en la trama Gürtel. Un embacaudor, ganado para la oratoria carcelaria, gracias a su diligencia en manejar precisamente las falsas identidades que corta a medida para quitar a sus reclusas el traje de rayas y ponerles el de amas de casa en libertad.

Pero el fingimiento no nos engaña, Velma es la muchacha de las medias con costura -las chicas malas siempre las calzan- y Roxie, la pueblerina de medias más oscuras; Velma se contonea y enseña el hombro descocada, mientras Roxie -Foxie que diría su contrincante- tapa pudorosamente sus carnes con esas chaquetas de futura madre. Ni la una ni la otra sobreviven al encanto de los medios de comunicación y sus cantos de sirena son tan fuertes que llegamos a imaginarlas cometiendo mayores atrocidades para no perder foco. Y llegamos a los periodistas, porque en esta sociedad de imposturas, somos nosotros los máximos responsables de fomentar esa voracidad por las historias truculentas, los que elegimos una historia con buen aliño, antes que una convenientemente contrastada y los que olvidamos fácilmente a los protagonistas de nuestros relatos en cuanto esa actualidad que construimos de forma ficticia deja de ser rentable. Lean sino a José Saramago en “¿Cuántos Haitís?”.

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