Alicia en el País de las Maravillas

Realmente vista la película de Tim Burton no sabe uno por dónde empezar…, quizá por lo evidente: no pertenezco al grupo de espectadores que se queda subyugado por los adelantos de la tecnología, así que la novedad de las 3D a mí se me quedó en nada. Tal vez de haber tenido siete años me hubiera sobrecogido al ver esos insectos voladores abalanzándose sobre mí o al que en la versión clásica de Disney de dibujos animados llamaban “gato risón”, mucho menos siniestro que el de Cheshire que dibuja el director de “Eduardo Manostijeras”.

La trama empieza mareando al espectador que cae como Alicia por la madriguera -ese agujero que puede ser interpretado como la sexualidad a la que se asoma por primera vez la impúber y que por eso llega tarde, como una Peter Pan que se niega a soltar las muñecas-, que huye de las incomprensibles muchachas de los vestidos a rayas y ese pretendiente pelirrojo, de digestiones tan pesadas que a la chica se le atraganta a la primera de cambio. Al tocar tierra queda encajada bajo una especie de cúpula del Capitolio, donde mengua y se estira tras ingerir sustancias desconocidas; Burton nos está hablando de la iniciación de la sensual joven a los placeres por vía oral como luego veremos en su encuentro con Absolem, la oruga azulada que la introduce en el consumo de una nueva sustancia.

Alicia intenta descubrirse a través de los otros, el espejo, y por eso una de las frases más repetidas es la que cuestiona la identidad de la chica, que entre una aventura y otra ha ido perdiendo el recato de su indumentaria y enseña hombro en ese inframundo tan distinto de la Inglaterra victoriana. El vestuario de la protagonista adquiere gran importancia en la película, porque evoluciona desde los trajes de puntillas y lazos del comienzo a ese mismo vestido, manchado -¡piensen sobre el significado de eso!- antes de embarcarse en ese universo del comercio de Indias, donde ya es una adulta. Entre ambos momentos están los vestidos de estampados felinos y tonos rojizos, que tal vez hagan alusión a los colores de las togas romanas, con ese intervalo de túnica azul ilusión para el instante de la decisión suprema, la de vestir la armadura de la doncella -ver las semejanzas con la Juana de Arco de Luc Besson– para derrotar al galimatazo, como se designa en la versión en castellano a ese monstruo mítico, Jabberwocky, del que tomo nombre. Para otro día dejo la fijación que genera el saber que Johnny Depp se esconde de mala manera detrás de los ojos fosforitos del Sombrerero Loco, el verdadero amigo de Alicia, la adolescente de ojeras y noches insomnes que se bebe ese líquido infecto brotado de la sangre de la bestia -una vez más la incitación fálica en pantalla- y que enamora a Stein -para analizar el tema del adulto cautivado por la chiquilla -con esa frialdad tan sugerente de mujer eslava a la que da vida Mia Wasikowska-, véase la filmografía de Woody Allen al respecto-.

Para acabar, uno de los fanáticos de la historia de Carroll dispone de amplia información sobre este mito de la edad de la transición a una sociedad más desquiciada que la que está bajo tierra y en la que las cabezas se cortan de verdad, sea Mussolini o la reina Isabel I el firmante de la sentencia, ¡así que visita la web de Lenny!

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