¡Felicidades!

Veo venir la luz, y los ojos gastarme
con piedad, pues quien desvela
la realidad es ella, no el asombro.
Y ahí está el firmamento,
huestes de luces que combaten
en un espacio transparente;
el mar
y los desnudos, la carrera y las rosas,
el perro negro y la saliva, el cadáver
y el llanto, el naranjo y la abeja,
el rostro reposado y la sonrisa.

Oigo nuevos sonidos, y en la suave erosión
de mis oídos se recogen,
sobre todo palabras;
puedo aún saber por ellas
del consuelo y la dicha, la compañía torpe
que acompaña, la juventud
y el desamor, inteligencia y asco,
el agitado origen de los besos.

Vienen las voces devoradas, y vienen claras voces;
y suena el aire aún, y el mar esclavo,
llegan roces y pasos, la música
y el vuelo, ciudades clamorosas
y el silencio.
Mirar y oír, los sentidos durables.
Y asisten los olores del sótano,
de la infancia escondida en el desván,
del jardín y el incienso, todo el olor
es ahora el recuerdo,
pues el olfato está tapiado
porque se acerca la carroña.
El gusto enmohecido,
inerte a la rugosa o tersa superficie
del fruto o de las aguas,
sólo vivo el sabor para sentir llegar
el temido dolor o la alegría.
Gustar y oler, sentidos aplacados.

Mirad, éste que exalta
o avergüenza, por el que pronto supe
la privación de la pasión del mundo,
pues la avidez se mudaba en desgana,
y se trocó la fe en vana indiferencia;
el tacto; fuego o frío.
El es quien me envejece, y presiento
el helado palpar de quien ensaya
la caricia final a este gran sueño;
pero dejadle aún besar los rostros,
su calor y su línea ,
dejadles amar los cuerpos sin templanza.
Después la nada es ciega, y es gorda la sordera ,
sólo al principio tasta, lo que hiede,
y el tacto del vacío resume la existencia.
Amada vida mía, la luz se va a la noche,
¿y por qué me abandonas?

(“La última estación de los sentidos” de Francisco Brines)

(N.B. Por algo tomé prestado ese antepenúltimo verso suyo; mi libro lo necesitaba).

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