“Por el placer de volver a verla”

El desgarro cotidiano de seguir vivos

Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza, de nuevo juntos

Solá es uno de esos actores honestos que, sabiendo que sus capacidades físicas después de su accidentada vida de los últimos años, decidió concluir los diez años “El diario de Adán y Eva” y abrir una nueva etapa. “Por el placer de volver a verla” tiene el mérito de traernos a este intérprete argentino dando la máxima medida de sus posibilidades y de atreverse de nuevo con un texto que de tan íntimo le rasgará las carnes como ya hicieran con la adaptación de la obra de Mark Twain.

Últimamente se ha puesto de moda el teatro minimalista, de escenarios limpios -tal vez por las limitaciones presupuestarias- mientras se vende al público la idea de que la escenografía nada aporta cuando el parlamento de los cómicos. Pocas veces tan cierto como en esta ocasión en la que Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza llenan con ese sentido diálogo escrito por Michael Tremblay las tablas del madrileño teatro Amaya.

Blanca Oteyza es el apoyo perfecto para delimitar a este niño, quizá excesivamente infantil que no termina de madurar y por eso acaba amando el teatro, como buen Peter Pan para desarrollar tras la máscara todos sus sueños, coloreados acertadamente con las tonalidades de ese ciclorama que completa la escena. 

Esta obra alimenta la parte de nosotros mismos que quiere que sigamos viviendo”, afirma Solá

A lo largo de la obra Solá se mantiene en escena, evocando lo que casi parece una confesión personal de amor a la profesión y a la figura de la madre, de tan suya que hace esta declaración de intenciones. Es de subrayar su trabajo actoral que sostiene únicamente gracias a su buen hacer, ya que vemos crecer en directo a ese niño, Miguel, sin cambios de vestuario ni caracterización ni más ayuda que la evolución de la relación materno-filial que va tejiendo con Nana, ese personaje dicharachero que a todos nos refrescará nuestra propia madre. Ternura y diversión –“comedia blanca”, según el actor argentino- se confunden en las peleas y abrazos de estos dos seres que pierden por un instante esa comunicación, pues por algo son madre e hijo y vuelven a retomarla, “hablando para sobrevivir”, como asegura la actriz, ante un emocionado patio de butacas que, como ya sucediera con “El diario…” seguramente decidirá repetir asistiendo otra vez a la representación de esta obra catártica. Porque en ella nos alertan sobre esos cariños no dichos en algo más de hora y media, cosa de agradecer vistos los montajes interminables que pecan de querer decir mucho y se desgastan en fuegos fatuos. Si aún no se han convencido, pueden ver un fragmento que les mueva a comprar las entradas “Por el placer de volver a verla”.

 (Publicado en ACTIVA)

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