La montaña mágica

mann Nos cuesta subir el repecho volumétrico de la obra, pero merece la pena, en caso de no superarla habría que pensar en que quizá sean los restos de una afección tardolectora que no termina de sanar. Queda en la memoria la escena crueldad y comedia a partes iguales de las muchachas “mediopulmón” que en la flor de la vida se divierten haciendo sonar en forma grotesca sus plexos, tras someterse a una operación de neumotórax.

Tenemos también a Claudia, la enamorada de Hans Castorp y a éste ensimismado en la reflexión de si afiliarse a los settembrinistas o a los naphtistas -el precursor del Gobierno de Dios o la soledad pagada de sí misma víctima del intelecto humanista- o fundar su propia corriente de pensamiento donde no aniden en exclusiva el espíritu o la naturaleza. Todo ello en un sanatorio para tuberculosos donde el protagonista se debate entre sumergirse en las diversas comunidades místicas y lúdicas o un individualismo transgresor. La visita perpetua de Joachim, el tiempo como función científica o como sucesión en la eternidad de un acontecer universal o un infatigable voyeurismo que le lleva a pintarnos a la Store, los Magnus, Mynheer Peeperkorn, madame Chauchat… y la etiología, sintomatología y fases de la tuberculosis en sus más minúsculos detalles.

La paradoja de una vida acomodaticia para los desahuciados de la sociedad, algunos sine pecunia, y su resistencia a reincorporarse a la vida productiva, las extrañas teorías médicas del doctor Behrens y la muerte oscilando pendularmente sobre las elucubraciones del exnaviero de prometedor futuro antes de entrar en este retiro, donde el placer expiri no queda vedado la convención social. Mucho aire puro, el mismo que debiera ayudar a los dirigentes mundiales a gestar ideas felices en Davos, aunque quedaran a años luz de las conversaciones de los pedagogos del Berghof.

Alicia González

La montaña mágica

Thomas Mann

Edhasa. Barcelona, 2005

974 páginas 

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