Jünger

Una paloma

parada sobre la cornisa

sorda a los claxones

observa desde lo alto la tragedia

desmemoriada

de los acantilados de mármol.

No sabe mi verdad ni si existe

y procura girarse convertida en pilono de la azotea.

¡Cuantas quietudes que te traen una brisa más otra,

volteada sobre las notas de Philip Glass!

Un padre se muere

y ya no sientes la cercanía,

su latigazo de voz cuando despiertas.

Le escuchas al otro lado del auricular

y parece que se te desmigaja en cada intento.

Él te habla con la normalidad de lo diario

y tú mientras tanto ves sus ojos ya sin forma,

el vidrio de las pocas tardes que le quedan,

las piernas delgadas como de niño,

que te piden caricias y se dejan masajear,

como arenas ahogadas por el colapso de las olas

y no puedes sino asustarte

y temblar aunque quisieras controlarte,

hierro abandonado a su ruta desde su posición,

su alojo,

su espacio.

Y no tiene más muescas el hierro que mi padre,

y lo veo vibrar oponiendo fuerza al viento

que lo atosiga,

queriendo llevárselo lejos,

haciéndolo de una dimensión donde mis palabras no le alcanzan

donde yo no pertenezco

calle cortada

a la que no iré en tanto

el ahogo interno me recuerde.

Invado la esclavitud,

obreros reptan por mis paredes

tientan mis casas

desaparecen si les obvias,

pero luego,

el pastel sigue muerto,

quieto sobre la mesa,

esperando la fiesta.

¿Qué hay que celebrar,

que me hago más viejo?

La mirada se te ha hecho embarcadero,

y desde allí

las naves de otros días

regresan a cargar sus fardos

de recuerdos brutales

errando la realidad

revistiendo lo que fueron

con un ropaje de Venecia en febrero

con las mismas cuencas sin fondo

y las plumas cayendo sin cesar

en el morboso goteo de ver pero no estás viendo.

Vuelves a él,

pero ya es otro,

las carnes no son las suyas,

y te abrazas

y te emerge un desasosiego

que enrolla a tu garganta

collares de flores que cortan tu respiración,

capullos de granado

ofreciéndote su néctar,

sirviéndote su infierno

inmediato de la calma,

de la pérdida tras el duelo.

¡Y este iba a ser un poema de política apenada!,

de crítica por lo que recluimos en el destierro

y se descabala en recordatorio de funeral

por alguien que aún no ha muerto.

Quizá a veces las personas nos susurran cada encierro,

cada instante retratado

preso de sus vivencias,

y los malos, buenos tiempos

son el corro de niños que trae de la mano ese abuelo

al cruzarte con su espalda

o la persecución en los hombros de tu padre

al decir que le da igual comer que echarse un sueño,

porque a esas edades las mañanas se decoran de caramelo

y las vas haciendo azúcar

corrigiendo a tu nieto

o las paladeas de grava si el dolor te pone cerco.

¿Y qué hace Junger combatiendo en ejércitos dispares?

¿Dónde acaba la literatura y dónde se recluye para que los dossieres asesinos

sean compatibles con el Demóstenes vocacional,

con el hoplon de una filosofía que apenas se sujeta,

amordazada entre chimeneas de humo negro.

¿No eran las vísceras lo más apreciado del festín?

¿Por qué no exponerlas para pública carroña?

(Autora: Alicia González)

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