No es Beirut, Emilio nos engañó

Ni Sarajevo, ni Barcelona. Emilio Ruiz del Río era el hombre del plano imposible. Cuando de pequeña veía en “La bola de cristal” al hada Trucca, debieran habernos explicado que los truquistas eran los que creaban una realidad verosímil para nosotros, los espectadores en cada película, consiguiendo engañar nuestra inocencia.

No obstante, con los escenarios de guerra seguramente la suspensión del descreimiento es más sencilla, puesto que estamos acostumbrados a procesar esa información con el estómago de boas televisivas y las fachadas, los rostros de las víctimas nos aportan poco menos que el dato instantáneo antes de proseguir con la digestión de sucesos diaria. De haber seguido en activo este mago de las maquetas (¡no dejen de ver “El último truco“!) quizá hubiéramos podido descubrir si en distintas contiendas el atrezzo es similar y lo único mutable son esas pérdidas humanas que decoran con sangre los platós de la tragedia cotidiana. ImagenImpresiona caminar por Bosnia -supongo que habrá otros paisajes semejantes en otras latitudes, pero ése es el que conozco- y reconocer los edificios heridos de metralla, vacíos de gente, peligrosos para el tránsito y pensar que toda esa destrucción no es de las que se desmonta y se arma unos metros más allá para la siguiente producción de Hollywood. Sobre todo, porque las casas guardan con su silencio el horror de la brutalidad en estático recordatorio de un infierno con nombres como Jasenovac o Bleiburg en los Balcanes y Badajoz o Paracuellos, e instantáneas como ésta que sin recurrir a caracterizaciones nos muestran todo el espanto de la cacería de unos seres humanos por otros exhibiendo su crueldad como trofeo.

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