Familias

La palermitana Natalia Ginzburg nos planta en figuras perfectamente recomponibles la vida de la Italia de los abrigos que se extinguían antes de ir a la tienda a por paño nuevo, de anatomista le viene al galgo. La suya es una escritura directa, sin más intermediarios lingüísticos que la frase precisa y la limpieza con que frota la transparencia de cristal de la vida cotidiana, con esa fragilidad de la hermanita que no se quita el vestido lleno de remiendos.

Historias de amores frustrados, porque no se puede leer libros y tener una amante que se pinta como un payaso, o planificar el futuro mientras se tienen hijos con el noviete de los primeros escarceos en Le Lune o se preparan comidas para el estudiante que sustituye al anterior amante como le ocurre a Azalea, recostada ante la vida, y pinjante joya sin valor.

La clave es ese silencio que se guarda debajo del abrigo de pieles o que Ilaria acepta para negar que morirá durante la noche. Apreciamos que una melancolía crispante en los relatos de vidas domésticas: Pietro que no soporta el optimismo de la Rirí, las confidencias delante de la copa Cíngara de un hombre y una mujer, que ya no son nada el uno para la otra, con sus hijos, Dodò y Angélica y un vecinito extraño, escondido dentro de un jersey de lana de camello como testigos del desamor.

Los personajes supuran una grisura de posguerra y padecen la educación amorosa contenida en Evelina, filósofa de las técnicas de reconstrucción matrimonial, aunque Carmine y Ninetta han perdido toda esa humedad que se estanca en la buhardilla. La mirada de Ciaccia Oppi caza al vuelo las evoluciones amorosas entretanto. 

Familias. Natalia Ginzburg. Lumen. Barcelona, 2008. 237 páginas.