Nunca una virgen creó tantos problemas

Como cada año los Salesianos cortan la manzana: es ya una tradición despertarse con las voces de la festividad de María Auxiliadora, pero edición tras edición los padres nos sorprenden, esta vez megáfono en mano para cantar, con poca voz y menos gracia, a la virgen. Salvando el pequeño detalle de que comiencen sus rezos con las luces del amanecer y trastoquen por un día la circulación ya de por sí caótica de este trozo de Madrid, lo peor de todo es lo estrafalaria que resulta una ceremonia religiosa consistente en dar vueltas a un bloque de casas para manifestar su devoción. Una treintena de personas se congregan a toque de banda musical, con nutrida presencia policial y caballos enjezados convenientemente en alegre comitiva detrás de la imagen, en una escena con algo de andaluz, influidos por estas fechas en las que los almonteños saltan la reja para pegarse por trasladar a la Blanca Paloma. Y ya de noche, una tamborrada a la manera de Calanda para rematar el mejunge de rituales.

Madrid no nos engañemos nunca ha sido muy procesionaria, quizá sí que un poco agusanada tras tantos años de gobierno regional de derechas, y empecinarse en crear falsas costumbres festivas es en cualquier caso una fantochada que difícilmente cala, sobre todo, cuando unos metros más allá tenemos a los defensores de “Rezo fuerte”, cada vez más crasos, envenenando a los cándidos con promesas paradisíacas y exigencias de claustro que nada tienen que ver con la realidad diaria. Distorsionar la experiencia con objeto de acrecentar la mies, desampara al inocente y le condena a un destino mucho más cruel, pues cuando cae, lo hace desde las alturas, arrojado por un Dios que le abandona.