Los girasoles ciegos

Impresiona ese Ricardo Mazo, arrojándose casi agradecido a la desesperación y al delator por la ventana. La realidad de esta película es la de una vida de puertas adentro, de cortinas que se cierran, de muros estrechos, aunque sean repletos de estanterías con libros -porque también la devoción puede ser enclaustrante-, e incluso cuando salimos a la calle para acompañar a Maribel Verdú estamos rodeados de gruesas paredes de piedra en las que difícilmente se nos oiría gritar.

En la retina le queda al espectador la imagen de ese proyecto de sacerdote ahogando sus ganas entre almohadones, castigando su lujuria con ilustraciones y enfebrecido al volver a la única vida civil que ha conocido, la del imperio de la brutalidad. Porque la España de estos desorientados, girasoles ciegos como afirma el confesor del diácono Salvador, no comprendía las luces de la erudición, sólo la emitida por el wolframio con la que Hitler conquistaría el mundo. Es la España de las costureras, que hacen para otros y otras las labores a las que ha quedado restringido su mundo, ajeno a la creación y reducido al utilitarismo. La de los voceros del “Arriba España”, inculcando a los chiquillos las virtudes de la educación en una fe universal y una grandeza que recluye a sus hombres en mazmorras caseras.

Los mayores triunfos de “Los girasoles ciegos” se deben a su director, José Luis Cuerda, por haberse atrevido a hacer memoria histórica con una de esas anécdotas de hombres ferozmente asediados durante el franquismo, pero sobre todo de mujeres. De ellas, porque la película es un alegato a todas esas mujeres anónimas que en los años de persecución supieron callar y sacar adelante la casa, ser objeto de miradas maledicentes en momentos en que no estaba permitido ser mujer sin hombre y soportar con valentía, que no estoicismo, las consecuencias de la represión sobre su vida diaria. Una suerte de Yerma frágil y dura destinada a marchitarse por ese marido ausente al que se le escapan los días y le huyen los hijos a ese exilio que él ya no puede elegir. Porque como bien le recordó durante el rodaje el director a esta actriz -“demasiado guapa” para el propio Cuerda- “bajo la represión, todas las historias de amor son imposibles. La represión convierte a todos en víctimas. A los acosadores, porque los convierte en alimañas; a los acosados, porque los convierte en despojos”.
La cinta, basada en el libro homónimo de Alberto Méndez, Premio Nacional de Narrativa y Premio de la Crítica, es la cruz de la moneda, el retrato de la España que perdió la ciudadanía y se cobijó detrás de los armarios de luna. La conciencia de tantos republicanos como el que encarna Javier Cámara condenados al silencio y al desarraigo en una tierra que al término de la Guerra civil acuñó una legalidad distinta y terrible.